Armando Mallorquín tiene 69 años y en sus ojos algo acuosos está la huella del tiempo. Lleva toda una vida dedicada a los terrenos de béisbol, ayudando, desde el anonimato casi total, a formar cientos de jugadores.

Las generaciones de peloteros que han estado bajo su tutela van desde la época del mítico Rey Ordoñez, pasando por Bárbaro Cañizares y Yoandry Urgellés, hasta llegar a los más actuales Yosvani Peñalver, Jorge Luis Barcelán, Frank Camilo Morejón y Oscar Valdés. Incluso, un prospecto en MLB como Miguel Antonio Vargas, firmado por los Dodgers, también pisó la grama del Juan Ealo.

Su mirada se desvanece entre los últimos atisbos de optimismo y la pesadez de la monotonía que impone la rutina: pelotas de béisbol, estadios, guantes, chiquillos de siete, ocho y quince años, gritos, algarabía. Pero al hombre le gusta este día a día.  

En recortes de periódicos de hace mucho tiempo -Tribuna de La Habana, Juventud Rebelde, Granma- se ven fotos de Armando Mallorquín, el sabio, el hombre del béisbol. En uno de esos fragmentos se lee una frase: “Anglada fue baluarte en el título provincial obtenido por el Cerro en 1988”. La afirmación es obra de Mallorquín, al ser entrevistado para un trabajo sobre el regreso de Rey Vicente Anglada, y sobre su vínculo con los entrenamientos en el área de la conocida Coca Cola. Se observa una fotografía de Armando, imponente, de pie al lado de un banco y sonriendo.

“Aquello fue hace veinte y tantos años ya. Fue mi época dorada”, dice Armando y ríe mientras le lanza pelotas a un muchacho en la práctica de bateo.

Armando Mallorquín. Foto: Hansel Leyva

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Lo veo pasar desde las gradas, con el con andar recogido, medio encorvado. Lleva las cajas de pelotas a uno de los cuartos aledaños al beisbolito.

“Aquel es Armando”, dicen casi a coro varios de los entrenadores. El viejito mira, suelta una corta sonrisa, y se acerca y saluda.

“Armando ha sido el profesor de la mayoría de los que estamos aquí, y ahí lo ves, dando pelea todavía”, afirma otro profesor, Osvaldo, quien atiende los entrenamientos de béisbol en la Ciudad Deportiva.

Unos niños de la categoría 15-16 pasan y lo saludan. “¡Dime Chama!”, le dice a un mulato alto y fornido, mientras le da una palmada por la espalda. El chico  le da la mano, sonríe y responde : “Aquí profesor, entrenando.

Después, un hombre se acerca por el costado del terreno y lo llama. “Es un papá que me deja su niño para hacer horas extras conmigo”, explica Mallorquín.

“Sí, le traigo a mi niño siempre cuando termina su entrenamiento: Mallorquín es un tipo que sabe- confirma el hombre.

Los recuerdos de un entrenador en la base

En el avión el tiempo parece difuminarse. A Armando le vienen muchas sensaciones, como una tromba, mientras espera el despegue. Está a mediados de los años 90, y va para un Torneo Panamericano de la categoría juvenil. Este gran premio le espera.

“Entonces me bajaron así y ya, para subir a un coach. Me bajaron alegando problemas con mi pasaporte, pero no era nada de eso. Es una de esas cosas que aún no entiendes. A mis 69 años, todavía no entiendo”, dice, y muestra una sonrisa parca.

Su piel no es la misma de aquella época. Han pasado más de treinta años y ahora, sentado en las grada de primera base del beisbolito Juan Ealo, en La Habana, Armando cuenta su historia.

Foto: Hansel Leyva

Con más de cuarenta años entrenando pelota, Mallorquín es toda una institución; en su aval cuenta con más de veinte títulos provinciales en las distintas categorías, pero eso no lo llena de ningún tipo de ínfulas.

“Yo trabajo aquí porque me gusta la pelota, es lo que he hecho toda mi vida, siempre de lunes a viernes, desde las tres de la tarde me puedes ver en el terreno con los muchachos”, acota Armando mientras observa a los chicos atrapando rolling en el cuadro.

“Toda la vida en esto”, dice, y la mirada se le pierde, fija en la pizarra. El tiempo se percibe diferente en la zona aledaña al beisbolito Juan Ealo. Estas son las áreas que tiene la pelota para el trabajo con las categorías menores en la Ciudad Deportiva. Batear, correr y fildear es parte de cada jornada, primero son 4, luego 8, hasta llegar a 20 horas semanales.

“En algunos lugares no se trabaja, eso lo sé, pero aquí no paramos. Incluso, inventamos muchas cosas nosotros mismos, para resolver cuestiones básicas como el boleo y el ajuste de la biomecánica. Un ejemplo es la bazuca”, cuenta.

Armando muestra un tubo de plástico sostenido por una armazón de hierro. Por el tubo se deja correr la bola hasta que sale y es bateada por el niño.

“Es un invento que resuelve bastante. Le moldeas de a poco la zona de bateo a los muchachos”, dice con orgullo.

Cuando recordamos a Rey Ordoñez, a sus años con Industriales y a sus guantes de oro con los Mets de New York; a como fue comparado en su momento con Ozzie Smith, quizá jamás pensamos en sus orígenes:

“Rey Ordoñez con los Mets, Josué Peréz con Filadelfia, Alexey Hernández y muchos otros que llegaron a Grandes Ligas, salieron de mis manos, fueron formados aquí”, cuenta y asiente con la cabeza; “sí muchacho, así es”.

Armando entrenando niños. Foto: Hansel Leyva

“Son años metido en esto, desde que empecé allá por el área de la conocida Coca Cola. Y después dicen que nosotros no trabajamos”, afirma con cierta ironía reflejada en su rostro.  

En el béisbol de la capital, él ha dirigido en todas las categorías hasta las juveniles. Además, también dejó su huella en otros países.

“En los 90 estuve trabajando con elencos juveniles en Italia, en Bologna, y luego en el Táchira, allá en Venezuela. Eran tiempos diferentes en la pelota”, dice.

Su vida no se detiene. Ahora, en su último proyecto, trabaja como asesor para una novela que prepara el ICAIC, con dos peloteritos en el rol protagónico.

“¿Por qué él retiro?”, dice y responde a mi pregunta: “Hasta 2018 yo era Comisionado Provincial en el Cerro y llevaba tres años ganando en las juveniles y dos con los muchachos del 15-16. Pero eso era como si nada, porque no valoraron en nada mis resultados y me empezaron a desechar, así como un papel mojado, pienso que por viejo”. Esta vez traga en seco para disimular el momento incómodo, pero al final, también deja otra sonrisa.

Foto: Hansel Leyva

Para Armando su mayor felicidad está en su familia, en su esposa, sus dos hijos, pero más aún en estar aquí en Cuba todavía, haciendo lo que sabe, lo que quiere a pesar de varios momentos ingratos.

“Soy un tipo feliz”, me dice, suelta una sonrisa amplia y alega: “Mírame aquí en mi mundo”, señala con un dedo al estadio Changa Mederos y suelta otra vez una amplia sonrisa.

Esta es una historia oculta, para muchos enterrada ya; pienso otra vez en Dostoievski, en Memorias del Subsuelo, todos sufrimos destierros, prisiones; hoy tal vez Armando salió de la suya.

En el béisbol de la capital hay que mencionarlo siempre, como uno de esos que hoy están en la oscuridad, opacados por el silencio. Por su vida consagrada a este deporte, a hombres como él, la pelota cubana les debe mucho.