El mismo día de su llegada a Guatemala, sin descansar siquiera tras el agotador viaje que lo llevó a atravesar varios países, Ariel Pérez de la Torre subía al ring para su primera pelea profesional.

Primero el pesaje, después una comida y horas después, el joven boxeador cubano de solo 21 años ya libraba el combate con el cual iniciaba su recorrido en el profesionalismo en 2019, a un costo elevado: emigrar de su país y separarse de su familia.

Dos años después de protagonizar aquel viaje migratorio a través de Centroamérica con otros pugilistas de la isla, de enseñar su pegada demoledora en Guatemala y México -en donde su carrera se estancó por meses, sin poder pelear-, La Máquina sigue con su ascendente carrera en Estados Unidos, con un título y un invicto de siete victorias.

Ariel Pérez de la Torre sueña con ganar un campeonato mundial y poder abrazar a sus padres cuando baje del ring, a quienes no ve desde que salió de Cuba, pero que siguen su carrera desde la distancia que impone la separación.

¿Cómo llega Ariel Pérez de la Torre al boxeo?

Al boxeo llego a temprana edad. Como con unos 9 años comencé mi carrera, a dar mis primeros pasos en donde nací, con un profesor que fue a la escuela a buscar muchachos para que practicaran.

Vi aquello como la oportunidad de salir más pronto de las clases, pero también a mi papá le guastaba el boxeo mucho y fue quien me dijo que sí. Él siempre me apoyó y hasta el día de hoy, mi padre y mi madre lo siguen haciendo.

¿Cuándo sentiste que no era una simple diversión ni una alternativa para salir temprano de la escuela?

Siempre me gustó mucho el boxeo. Más tarde, fui para la academia provincial, en la cual hice mi preparación para los Juegos Pioneriles Nacionales. Poco a poco, empezó a gustarme más, y terminé con una medalla de plata en esos Juegos. Después de aquella competencia, me llevaron para la EIDE provincial.

¿Qué influencia tuvo tu paso por la Escuela de Iniciación Deportiva (EIDE), una experiencia que suele dejar una marca en los deportistas que pasan por esta?

La EIDE fue una escuela, en verdad te enseña mucho. Tienes que separarte de tus padres, abrirte camino solo allí. Aunque los padres están cerca, como en mi caso, pero los ves solo el fin de semana y por aquel entonces, yo estaba pequeño.

Ahí, en la EIDE, fue cuando me dije que al boxeo tenía que prestarle toda la atención y ser sacrificado, para que después, el deporte, te pueda dar las recompensas.

¿Qué meta tenía Ariel Pérez de la Torre en ese tiempo como pugilista?

Mi aspiración era llegar a ser parte del equipo nacional algún día y llegar a lo más alto como amateur, que es ser campeón mundial y olímpico. Ese es el sueño de todo muchacho cubano que empieza en el boxeo, pero después me di cuenta de que no, que eso no era nada del otro mundo.

¿Cuándo sentiste que debías dar el salto al profesionalismo y cómo se dio la oportunidad?

Desde bien pequeño, mi papá me decía: “vas a pelear en La Vegas, Nevada”. Eso lo tenía en mi cabeza. Todavía no he peleado, pero sí vivo en Las Vegas actualmente. Pero siempre él me dijo que me quería ver pelear en el MGM Grand Garden Arena abarrotado. Ahí vamos, tras el sueño de mi papá.  

Un día, me llegó una llamada después de un Playa Girón en el cual peleé y en el que perdí discutiendo bronce. Me contactaron para ser boxeador profesional y sin pensarlo di el paso, porque siempre ha sido el sueño mío.

Además, con respecto a mi boxeo en el amateur, nunca me dieron el valor que merecía. Soy un peleador que se faja y a los entrenadores del equipo nacional lo que les gusta es el boxeo de riposta, los boxeadores que se mueven, que “pelean lindo”.

Gracias a Dios, di ese paso de irme para el profesionalismo. No me arrepiento, pues siento que ha sido el mejor paso que he dado en mi vida. Me separé de mi familia, que es lo fundamental en la vida, pero la recompensa viene.

Eres muy apegada a tu familia y eso lo expresas mucho por tus redes sociales. ¿Qué significó separarte de ellos y emigrar para pelear como profesional?

Soy muy apegado a mis padres, ellos siempre me han apoyado, han estado ahí para mí. Siempre me han apoyado en todos los pasos que he dado. Me dijeron: si es lo que quieres, te apoyamos al 100 por ciento. Doy gracias por tenerlos, pues ellos son el motor de la máquina. Peleo por ellos.

Emigraste junto con varios boxeadores cubanos jóvenes y que también están haciendo carreras como profesionales. ¿Cómo salieron del país?

Hicimos los trámites y salimos rumbo a Nicaragua. Allí nos pasamos como un mes y medio entrenando, pero no nos dejaron pelear, nos estaban poniendo muchos requisitos para poder hacerlo. Decidimos entonces irnos para Guatemala y allí si tuve mi primera pelea como profesional. Realicé mis dos primeros combates y los gané por nocaut.

¿Pensaste renunciar cuando llegaste a Nicaragua y viste que no podías encaminar tus pasos en un primer momento?

En aquel momento, aquello fue una decepción, me cuestioné por qué no me dejaban pelear allí. Nicaragua estaba pidiendo muchos requisitos, incluso, una firma del presidente de la Federación Cubana.

Pero, a esa persona a la que le están pidiendo las firmas no le interesa nada de nuestra carrera, pues él tiene sus muchachos en Cuba y nosotros estábamos saliendo adelante fuera del país. A ellos no les interesábamos nosotros, no tienen ningún tipo de ganancia. Por eso, decidimos irnos para Guatemala, en donde debutamos y todo salió con éxito. Después, seguimos camino hacía México.

¿Cómo fue ese recorrido hacia Guatemala, por el cual tuvieron que atravesar varios países centroamericanos?

Cruzamos la frontera todos los cubanos que íbamos en el grupo. Pasamos por varios países: Honduras, El Salvador, hasta llegar a Guatemala. Esa misma fecha en que llegamos a Guatemala me pesaron y fue mi debut. Fue increíble, pero había que hacerlo, no había tiempo que perder. Llegamos como a las 3 p.m., me pesaron, comí algo y nos fuimos a pelear. Fue mi primer combate profesional y la gané por nocaut en el tercer asalto.

Para llegar a México vivieron otra travesía. ¿Por qué decidieron irse de Guatemala? ¿Qué sucedió que estuvieron varios meses sin poder pelear en ese nuevo país?

Cruzamos de Guatemala para Tapachula, que es la frontera. Allí no existía el boxeo profesional, no podían realizar carteleras y debimos estar nueve meses esperando los papeles para poder transitar por el país.

Estuvimos ese tiempo sin pelear. Aquello sí fue bien duro, la etapa más dura que he pasado en mi carrera como profesional. Nos estancamos y me dije: ¿Cómo salimos de aquí? Pero, doy gracias al equipo de trabajo que tengo, pues ellos supieron estar calmados y pudimos salir de ahí hacia Ciudad de México.

En México tuviste varias peleas importantes. ¿Qué significó esa nueva experiencia para el crecimiento de tu carrera?

Nos fue muy bien. Cuando llegué a Ciudad de México, después de aquel tiempo, empezamos a entrenar de nuevo, a aprender muchas cosas del boxeo mexicano. Por lo menos, en lo personal, aprendí muchas cosas que me han ayudado en mi carrera. Muchos, llegan al gimnasio y me preguntan: ¿eres mexicano? Me confunden, por mi estilo de pelea y por lo mucho que aprendí en México.

Formas parte de una generación de boxeadores cubanos que han entendido que es otro el “estilo” que gusta más en el boxeo profesional. ¿Cómo te ha permitido tu forma de pelear la adaptación al profesionalismo?

Para mí el cambio no fue tan brusco. En el boxeo profesional las personas pagan por ir a ver un show, no por ver a nadie correr o asistir a una pelea aburrida. Pagan por un espectáculo en el que tienes que dar lo mejor de ti, porque gracias a quienes pagan la entrada para verte, es que tu familia come. Tienes que darlo todo en cada combate porque tienen que irse para sus casas complacidos y a gusto, porque pagaron su dinero para ir a verte.

Viviste un combate trascendental con el cual ganaste tu primera faja, el título Intercontinental juvenil del Consejo Mundial de Boxeo. ¿Qué representó ese primer éxito para ti?

Me llamaron 10 días antes de la pelea, pero yo siempre me mantengo en el gimnasio. Me llamó mi promotor y me contó. Romero, mi rival, iba a pelear con un cubano, Neslan Machado y este se lesionó. Entonces, me preguntaron si la quería y dije que sí. Romero es un boxeador mexicano especial, alto espigado, zurdo, y traía buen récord.

Pero yo estaba listo, porque quiero los grandes retos. A 10 días de la pelea me acomodé a su estilo, lo fui chequeando. Llegó el día del pesaje y todo fue bien. Estaba la arena llena de mexicanos. Aquello era como el patio de su casa, porque él era de esa ciudad.

Cubanos, solo estábamos cinco o seis: los de mi esquina, más Yoelvis Gómez y Geovanni Bruzón. En el séptimo le di un recto, después le seguí hacia arriba, hasta que el árbitro paró la pelea. Me coroné, gracias a Dios.

¿En quiénes pensaste primero tras la victoria?

En ese momento me vinieron a la cabeza mis padres. Ellos estaban viendo la pelea desde Cuba en vivo. Ellos han sido mi motor y me hubiera gustado tener unos abrazos y unos besos suyos después de bajar del ring, y hacerme una foto con el cinturón y que ellos estuvieran ahí conmigo. Pero, poco a poco, estoy trabajando en eso, para cuando ganemos el título mundial, que es el objetivo, ellos estén ahí, bien cerca.

¿Mantienes la comunicación constante con ellos?

Sí, a diario esa llamada no puede faltar, siempre antes de acostarme. Hablamos todos los días y mucho.

¿Podemos esperar que en esta generación de boxeadores cubanos haya futuros campeones mundiales? ¿Hay calidad suficiente?

Hay mucha calidad y cada vez se suman más peleadores. Me pone contento que lleguen bastantes boxeadores cubanos a Estados Unidos. Hay otros en Rusia, Dubái, en distintas partes del mundo.

Hay una ola muy buena, una nueva generación de peleadores muy fuertes y pienso que, dentro de un año o dos, estemos entre los mejores del mundo en varias divisiones. Pienso que estaremos en este orden, como países: Estados Unidos, Cuba y México. También, ahora viene una rivalidad Cuba vs. México. Esa es la guerra que viene, me encantaría pelear siempre con mexicanos.

Hay un tema muy polémico para aficionados, especialistas y pugilistas y es el de los enfrentamientos entre cubanos. ¿Qué opinas al respecto?

Sí, no hay problemas con pelar con ningún cubano. Vine a hacer mi carrera, no vine patriota, vine a combatir con quien me pongan delante. Mi equipo tiene trazado una meta y mi trabajo es ir al gimnasio y prepararme. A quien ellos me digan, le vamos a ganar. 

Saliste de Cuba con un sueño. ¿Cuánto has conseguido de lo que buscabas?

No he logrado ni un cinco por ciento de lo que quiero, pero vamos en camino de lograrlo. Estoy trabajando bien duro y no creo que me quede con las ganas: le pongo muchas ganas al gimnasio para lograr mi sueño.  

Llegaste joven, has tenido que cambiar la mentalidad, adaptarte a otro país, ¿qué se necesita para triunfar en el boxeo profesional?

Para llegar a la cúspide del boxeo profesional se necesitan varias cosas. Primero, la disciplina, que es algo fundamental. Segundo, siempre estar enfocado en lo que quieres. Tercero, tomar buenas decisiones y dejarte llevar por tu equipo de trabajo. No creerte que sabes más que ellos. Esa es su profesión, lo que tienes que hacer es ir al gimnasio y prepararte para cuando te toque pelear salir y hacerlo muy bien. Con eso puede triunfar.

¿Qué planes tienes en un futuro cercano?

Estamos esperando la próxima pelea. Peleé en Miami en enero y en mayo estaré en Miami, en donde combatí la otra vez.

¿Cuál es el gran sueño de Ariel Pérez de la Torre?

Mi sueño no es solo ser campeón mundial, es ir un poco más allá. Quiero convertirme en un peleador de Pay-per-view (PPV), de pago por evento. Una pelea con la que siempre sueño es con el japonés, un gran peleador, muy completo. Vine a pelear con los mejores, no vine a combatir con boxeadores suaves.  

¿A quién tienes como ídolo?

De los boxeadores cubanos me inspiro en Ugás -no por su estilo, que es bueno, pues él no corre-, sino que me inspira su historia, que es muy bonita. Él es quien representa al boxeo cubano, estamos en el mismo gimnasio.

¿Se ayudan entre los boxeadores cubanos?

Sí, cada vez que va a pelear uno hay apoyo total. Somos pocos, pero estamos unidos.

¿Has hecho alguna promesa a tus padres?

No les he hecho promesas, pero sí les digo que voy a lograr mis sueños, porque ellos confían en mí. Saben que lo que digo lo cumplo. Les dije que no será en vano separarnos tantos años. Hace tres ya que no los veo y no ha sido en vano, porque mi carrera ha ido en ascenso. Voy a llegar a lo más alto, con el favor de Dios.

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