Cheíto Rodríguez se nos fue cuando se podría decir que aún era joven. Su nombre pasará a engrosar la lista de iconos que nos han dejado a inicios de este 2021, que lejos de prometer ser distinto, va siguiendo la línea de su predecesor.

Mucho se ha hablado en Cuba y fuera de esta de su figura. Su poder era sinónimo de batazo de cuatro esquinas y su disposición en el tercer cojín también era objeto de envidia. Mas de un equipo de los entonces torneos nacionales cubanos habrían matado, literalmente, por tenerle.

En los últimos tiempos había mucho cuento de camino alrededor suyo. Cuando fue asistente de Víctor Mesa en Matanzas más de una vez se le miró de reojo por alguna equivocación mientras “coacheaba” en tercera, y hubo que aplacar dos o tres comentarios malintencionados a nivel de pasillo.

Se hablo mucho, sí. quizás demasiado se habló de Pedro José. Pero nadie fue capaz de hablar, de una vez, de por qué lo alejaron durante tres temporadas de los diamantes, cuando estaba en la flor de su carrera.

Suponemos que debe ser algún tipo de vergüenza, pena o rubor. Porque la razón es de esas que no se creen. Y menos hoy en día. No fue vender juegos, intentar abandonar una delegación o tratar de agarrar una balsa con destino a los Cayos de Florida.

A Cheíto lo suspendieron por 92 dólares. No 100, no 500 o 1000. En un momento donde no se podía tener ni uno, 92 dólares le costaron a Rodríguez tres temporadas, a treinta dólares y fracción por cada una de multa.

Cuando regresó, nada fue igual. Es lo que pasa cuando eres un caballo de pura raza y de pronto “te enfermas”. Luchas por tu vida hasta que alguien “te salva”. Pero ya hay un caballo mejor que tú. En el caso del cienfueguero, el caballo que tomó su lugar fue Omar Linares.

92 dólares condenaron al azucarero al ostracismo. Un presente de un pelotero venezolano en un torneo cualquiera (digamos la Copa José Antonio Huelga) celebrado en suelo cubano; vaya que ni para compra de voluntad o soborno servía.

Ya sé lo que dirán: “oiga, 92 dólares en Cuba siempre ha sido un dinero”. Para el cubano de a pie, sí. Pero para quienes tomaron la decisión de poderle prohibir el dólar, y quitárselo, y volvérselo a poner y volvérselo a quitar, eso no es dinero. Y seguro que, a la par de Cheíto, ellos también tenían sus dólares “bajo el colchón”.

Ahí es donde uno se pregunta por qué se puede ser miserable como para acabar con la vida de alguien por tan poca cosa. Y lo mejor que deberíamos cuestionar es esa urgente necesidad de alguien de controlar tus posesiones y hasta los regalos que te hacen. Pero no pasa nada, nos hemos acostumbrado a que eso sea de lo más normal. Incluso, desde antes de Cheíto.

Entonces, ¿por qué no hablar de eso? Asumir con vergüenza que te equivocaste, o aferrarte a los hechos, pero al menos hablar, explicar, debatir.

La respuesta de las autoridades siempre será el silencio total, porque la pelota en Cuba se trata como un asunto de estado, y en aquel tiempo más, sobre todo cuando vivíamos sumidos en la utopía de tener el mejor equipo del mundo, mientras fuera amateur.

Lo de Cheíto lo resolvieron dejándolo volver luego de su “exilio”, como mismo resolvieron lo de Rey Vicente Anglada entregándole las riendas de Industriales en su momento.

Lo de los 92 se ve más feo aun hoy, cuando el país intenta recaudar todos los dólares que pueda agarrar para subsistir. Decir que antes se suspendía a atletas y encarcelaba a gente por tenencia de divisas, sonaría ahora mismo a un chiste de mal gusto.

Nadie asumirá jamás la responsabilidad por esa carrera truncada, ni las consecuencias que trajo esa injusticia a la vida de un ser humano, por el mero capricho de otros de jugar a la política hacia afuera y hacia adentro.

Muchos lamentarán la partida de Cheíto, y hablarán maravillas merecidas sobre su vida, pero quien lo separó de los diamantes ya no estará para al menos decir “nos equivocamos”, como se han equivocado con tanta gente, con los Anglada u Orlando Hernández, a quienes destruyeron en su momento en Cuba para después verlos triunfar desde diferentes escenarios en la tranquilidad de su casa, e hipócritamente decir: “sabía que sería grande, que no había acabado”.

Porque de hipocresía se tratan estas cosas. A Pedro José seguramente le mandaron una corona de flores, o dos, y le dieron su merecido minuto de silencio. Pero la justicia de limpiar su nombre, el bajar la cabeza y decir en público “nos equivocamos”, no llegará. Ya ese terrible error, junto con los otros, se dejarán para la próxima rectificación de tendencias negativas, si es que la Isla aguanta otro de esos episodios.

Por suerte, nos vamos a quedar de este momento con dos cosas: con Antonio Muñoz diciendo que Pedro José “demostró ser más patriota que los que se equivocaron con él y lo sancionaron”, y con el Señor Jonrón pidiendo que lo enterrasen vistiendo el uniforme del equipo Cuba.

Lo demás, es puro cuento de camino. Eso, es tener vergüenza. Que cuando llegues a donde vayas a llegar, quien te reciba, Pedro José, te diga: “Pase usted, Señor Jonrón”.

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