Hay un cierto tipo de olvido que golpea a Silvio Montejo, un campeón mundial del béisbol cubano.

“A veces, no quiero ni ir a Caibarién porque no me han reconocido nunca”, dice sobre su tierra natal, en la antigua provincia Las Villas.

Pero no se refiere al olvido que proviene del pueblo que lo vio jugar, sino de otras “esferas”, que suelen olvidar más rápido los triunfos de antaño cuando el deportista ya no está activo.

En su tiempo de oro, Silvio Montejo integró las potentes selecciones cubanas del béisbol, incluso, en uno de los campeonatos mundiales que más quedaron marcados en la memoria, el de 1969 en República Dominicana.

Por entonces, era una inspiración cuando volaba sobre los bases, bateaba o cubría los jardines. Era “la bala de Caibarién”.

“Siempre me decía que la figura inspiradora en el béisbol fui yo…. ¡mira la foto allá en la pared con él!”, cuenta sobre el hombre espectáculo de la pelota cubana, Víctor Mesa, quien le mostró su admiración.  

A sus más de 70 años, con el terreno vívido en su memoria, Silvio Montejo recuerda las glorias pasadas.

¿Cómo fueron los inicios de Silvio Montejo en el béisbol?

Cuando muchacho, existía una liga que se llamaba “Los cubanitos”, en la que participaban cuatro equipos. Nosotros jugábamos en los playones y pelota a la bamba en mi natal Caibarién. Yo jugaba tercera base y los jardines. Por aquel entonces, viví en un barrio de la loma en la Villa Blanca, allá por los años 1956 o 1957.

En aquella época se jugaba en las cuadras, tres equinas, con home, primera y segunda. De ahí, al que tenía calidad lo cogía un mánager y se iba para el grupo de los talleres. Yo tendría diez añitos más o menos, porque nací en 1945.   

Para podernos desarrollar, nosotros mismos dejábamos que nos batearan bastante para los jardines. Esa categoría era desde 13 a 15 años. Éramos el único equipo en Cuba, desde la base, que llevaban a la nacional desde Caibarién. Lo conformaban diez peloteros.

Después, fui para la Habana con otros cinco jugadores. Yo tenía 15 años y el único seleccionado para la escuadra nacional fui yo. Comencé picheando y cuando no lanzaba, era cácher. Seguí avanzando. Incluso, fui a la serie mundial juvenil en el 1961, en la cual logramos la medalla de plata.  

Expelotero Silvio Montejo, en sus tiempos de jugador
Expelotero Silvio Montejo, en sus tiempos de jugador

¿Por qué cambia de posición si debutó en series nacionales como lanzador? ¿Cómo llega al equipo Cuba?

En 1962 me llamaron para el servicio militar y tuve que ir para mi casa. Por aquellos tiempos, comencé a tener problemas en el brazo de lanzar. Estaba convocado para ir a México y Natilla Jiménez se me acercó y me dijo que, con mi explosividad, tenía que desarrollarme en otras posiciones. Fue por eso que empecé a jugar primera base y a batear con 19 años.

Fuimos campeones en la provincia con Pedrito Pérez como director del equipo. Después, íbamos a jugar en una serie regional central (1966) con Las Villas y el center field era Inocente Miranda, quien bateaba mucho, pero no tenía buen brazo. Pedrito me propone jugar el jardín central. Lo hice bien y empecé a entrenarme en esa posición, además yo era muy rápido corriendo, incluso me querían llevar en el relevo del atletismo nacional a Jamaica.    

Había varios jóvenes con capacidades en aquella época: estaban Rigoberto Rosique, Ñico Jiménez, Fermín Laffita. Fuimos a México y al regreso nos invitaron a los panamericanos. Le confieso que era un poco regado y me sacaron de la preselección en el 66 -67.

Después me puse para la cosa y fui el primer bateador derecho cubano en batear 100 hits en una serie, pues en sentido general, el primero fue Osorio, que era zurdo.

Así fue que comencé a estabilizar mis resultados y fui tres veces a México, y a un preolímpico en el 68. A partir del 69, participé en los panamericanos, centroamericanos y hasta en los mundiales. En el equipo Cuba, yo jugaba left field y Laffita lo hacía en el center.

Se habla mucho de las condiciones para jugar el béisbol en la actualidad. ¿Cómo eran en su época dorada, en las primeras series nacionales?

Todo estaba porque los traían de otro lugar. Entonces, daban seis o siete guantes nada más y nos los prestábamos, unos a otros. A veces pienso que hubiésemos sido mucho mejores si hubiéramos tenido más condiciones.

Cuando jugábamos en Santiago de Cuba nos llevaban en avión, pero desde Camagüey, el transporte era en guaguas “pepinos”, como les decían. Teníamos unos uniformes de una franela calurosa, pero no había más nada.

Se hizo entonces una serie de los diez millones, para apoyar a la zafra (la llamada Zafra de los 10 millones, en 1970). Jugábamos en los terrenos de los centrales azucareros. Las comidas en las series eran como las que llamamos ahora “completas”. No pasábamos hambre porque comíamos unos buenos bistecs y pescado. Las condiciones en los albergues sí eran malas, un desastre, pero los estadios tenían condiciones normales.

Lo que sí éramos una familia en la convivencia. Por ejemplo, Laffita y yo fuimos contrarios en el terreno, pero fuera, amigos. Igual sucedía con Rosique y con Armando Capiró. También existía la “tentación con las mujeres”, pero cuidábamos el negocio. Tomábamos bebidas, pero solo cuando no había juego al siguiente día.

Eso de tener borracheras, sí que no. Lo otro que eso que se ve ahora, con el público hablando con los peloteros y mujeres sonsacando, no existía con nosotros. Teníamos un salario muy pobre, era solo lo que ganabas por tu oficio, según la licencia deportiva. José Antonio Huelga era el mejor pícher de Cuba y ganaba como 118 pesos. Sin embargo, el padre de César Valdés, el árbitro, trabajaba en una fábrica y ganaba cuatrocientos pesos y pico.   

¿Qué momentos no olvida Silvio Montejo?

Siempre voy a recordar el Campeonato Mundial de República Dominicana (en 1969). Fuimos contra todas. El pueblo nos quería, pero había muchos problemas políticos, incluso, cubanos que vivían allá estaban atacándonos y no fue fácil.

Ese día bateé bien e hice buenas jugadas porque siempre jugué en la alineación regular. Antes había mucho amor. Perdíamos un juego y era un dolor grande: conversábamos y analizábamos después. Ahora veo que no es así.    

También recuerdo que discutimos un campeonato, una serie nacional en la que estaban cuatro peloteros de Caibarién: Lázaro Pérez, Emilio Madrazo, Enrique Oduardo y yo. Ganamos cuando Huelga le metió nueve ceros a los Mineros. A ese equipo lo recuerdo todos los días. Los demás eran Antonio Muñoz, Pedro Jova, Owen Blandino y Pedro Oliva.

Dentro de las anécdotas, no olvido tampoco una de la Serie de los 10 Millones, cuando estábamos jugando contra Camagüey en el estadio Latinoamericano, que era la sede principal. Gaspar Legón era el pícher de nosotros y le dio jonrón a Elpidio Jiménez y después, este hizo lo mismo cuando vino a batear.

Ese día estaba el juego empatado a una carrera y, con hombre en primera, di un roletazo por el montículo, y él lanzador se demora en tirar. En ese instante, se fue la corriente eléctrica. Viraron la jugada y al primer lanzamiento di jonrón.

Yo me llevaba bien con la gente. Aunque haya sido famoso en mi época, siempre alguien te chiflaba hasta en La Habana, en donde me gustaba jugar. Si hacías un fildeo, te aplaudía todo el mundo. Me ponchaban y me iba callado. No ofendía a nadie ni me fajaba con nadie.

¿Cómo llegó el retiro de Silvio Montejo? 

Cuando uno está listo para irse, hay que irse. Ya a los 33 años sentía que no era el mismo. También, yo cogía mucho golpe. Me habían dado un pelotazo en la cara y hubo que operarme, también en la rodilla. Fui perdiendo los reflejos.

Jugué en 14 series nacionales y ya llegaban Valentín León y Víctor Mesa, que eran jóvenes promesas de Villa Clara. Fui a una serie junto a ellos, cuando estaban dentro del conjunto, y jugué primera. Me dije entonces: este es el momento de acabar.    

¿Qué sucedió después?

Yo era profesor de Educación Física y empecé a trabajar en la escuela Ernesto Guevara. Después, fui a una misión internacionalista a Nicaragua, en el año 1983. Más tarde, me tocó en Venezuela. Nunca dirigí porque mi carácter no me lo permitía. Yo se lo decía a Víctor Mesa, porque él quería dirigir como cuando era pelotero. No es lo mismo dirigir que jugar. La gente no podía ser como era él. Siempre me decía que la figura inspiradora en el béisbol fui yo…. ¡mira la foto allá en la pared con él!

Silvio Montejo y Víctor Mesa
Exbeisbolista cubano Silvio Montejo, junto a Víctor Mesa

¿Cómo valora el relevo de aquellos Azucareros?

Todavía se discute si son Azucareros o Leopardos. Aquel fue el equipo más grande de la historia. Eso era una guerrilla que guapeaba con todo el mundo. A los Industriales les caíamos arriba y no había perdón con ellos.  

La calidad comenzó a aumentar incluso más. Pedrito Pérez, Natilla Jiménez y Pablo García eran profesionales que enseñaron a ese relevo, a pulir la técnica que después siguió con los deseos de ganar campeonatos. También, otros entrenadores se unieron.

¿Cómo ve el béisbol actual Silvio Montejo?

Ha cambiado mucho el béisbol, con todo el respeto de los entrenadores. La mayor calidad está para afuera. Si no hay entrenadores buenos, no se puede lograr nada. Eso es aparte de las condiciones y la falta de implementos que hay.

Si no tienes base, no tiene nada. Nosotros jugábamos con pelotas de esparadrapo. Ahora hay talento, pero están muy flaquitos. Recuerdo que en mi época éramos jovencitos con 19 o 20 años en el equipo Cuba. Rodolfo Puente, Laffita, Rosique, Isasi: todos teníamos menos de 23 y fuimos campeones mundiales. Los de ahora no batean, mucho menos jonrones.

La mente se les va para otra cosa. Están pensando en vivir mejor y mejorar, eso es lógico. Yo vivo en esta casita y si fueran otros tiempos, quisiera vivir en un chalet mejor y con aire acondicionado en todos lados. Eso es mejoría en la vida.

¿Si le hubieran tocado estos tiempos, qué pensaría hacer con su carrera beisbolera?       

Jugar profesional. Antes, había otra mentalidad, nos querían firmar y nosotros no aceptábamos. Ahora es diferente porque no da la cuenta. Todo el mundo quiere ser alguien. El músico quiere ser el mejor cantante. La vida cambia. Cada uno hace lo que quiere.

He ido a ver a los Marlins de Miami como ocho veces, como invitado por un amigo mío cubano que lleva años en EE.UU. He estado con glorias cubanas como Riquimbili Betancourt, con Jorge Luis Toca, con Eduardo Paret y otros cuantos. He hablado mucho también por teléfono con Lourdes Gurriel, el padre. Es un béisbol distinto. Yo, que lo he visto, digo que es un espectáculo.

¿Cómo siente tras su retiro?

Después de que vine para Santa Clara, en el 64, nunca se me ha reconocido en Caibarién. De las cosas que más he repudiado y lo he dicho libremente, es que el mismo gobierno no me ha tenido en cuenta como gloria deportiva de allá, en un municipio que fue la “mata” de los peloteros de equipos Cuba.

No soy ni hijo ilustre de mi pueblo y me siento hijo de allá. A veces, no quiero ir ni a Caibarién porque no me han reconocido nunca. Los que me conocieron como muchacho sí lo hacen, y los viejos también. Hace poco fui y no conocía a casi nadie.

Ese puñal siempre lo tengo clavado con respecto a mi pueblo: el pueblo no olvida, pero los que dirigen sí. El INDER, que puede ayudar, nunca me hecho una invitación ni nada, pero estamos vivos.

Fidel me dio un carro, cuando fui a Baltimore entre los invitados, con algunas glorias deportivas. Gracias a Emilio Madrazo me dieron este apartamento en 2007 porque discutió en la Asamblea del Poder Popular diciendo que era posible que yo, después de 30 años de haber sido campeón mundial y tener otros títulos nacionales e internacionales, no tenía casa propia. Este apartamento era de Leonis Martín.

A veces, me invitan a eventos aquí en la provincia. Yo siempre estuve preparado para todo esto, porque “cuando Tin tiene, Tin vale y cuando no tiene, no vale”. Tengo mis problemas de la cadera y la rodilla, pero me siento bien.    

Un mensaje a quienes sí recuerdan a Silvio Montejo.

Que me recuerden con mi forma de ser y mi carácter explosivo. Risueño, sin braveza. Para mí son más lo que me quieren que los que no me quieren. Que me recuerden como la “bala de Caibarién”, como me puso Rubén Rodríguez. Gracias por siempre recordarme.

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Imagen cortesía de Roberto Santiago
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