Cuatro Anillos de Serie Mundial; unos Juegos Olímpicos; campeón de Serie Nacional; un wind up “unánime”, como la noche de Borges; un destierro en su propio país; una huida por mar: la vida de Orlando “El Duque Hernández” serviría para escribir una saga heroica, o filmar un largometraje, porque está hecha de la materia que forma leyendas.

Pocos peloteros como Orlando para representar el drama migratorio del béisbol cubano de las últimas décadas, signado por la fuga interminable del talento para llegar a Grandes Ligas, con historias basadas en la siempre presente dicotomía del éxito-fracaso.

No porque fuera el mejor de cuantos han competido en la Gran Carpa que alguna vez participaron en Series Nacionales -para muchos, por su carga simbólica y resultados, lo es-; o porque tuviera los mejores números -que los tuvo muy destacados-, sino porque El Duque se elevó hasta la categoría de emblema beisbolero y humano, la cual no ha perdido hasta hoy.

Si bien fueron muchos los que enseñaron el camino para las actuales generaciones de los peloteros cubanos que brillan en MLB, nadie duda del simbolismo que carga un lanzador como Orlando, quien escapó de un inmerecido castigo, cruzó el mar, y después de muchos tropiezos, firmó con el mejor equipo del mundo, en la última gran etapa de los Yankees de Nueva, a una edad en la que empieza el declive de muchos.

Desde Cuba, cimentó su fama de ganador, pues en 10 Series Nacionales ganó 126 y perdió 47 y se colgó dos títulos de campeón con los Industriales, en 1992 y 1996. Mientras que con los colores del equipo Cuba, se llevó la medalla de oro en los Juegos Olímpicos Barcelona 1992.

Otros elementos sirvieron también como alimento del mito, como aquel fantástico wind up atlético y fluido, en que elevaba tanto su pierna delantera que escondía su rostro detrás de la rodilla, y con el cual todos lo identifican.

Pero fue quizás a partir de la adversidad desde donde El Duque terminó por construir su condición mitológica, y emergió con la imagen de vencedor que quedó plasmada para siempre en el imaginario del aficionado dentro y fuera de la Isla.

La parte accidentada de su epopeya hacia la gloria comenzó cuando su hermano Liván abandonó el equipo Cuba en México, y los ojos se volvieron, recelosos, hacia Orlando, a quien dejaron fuera del conjunto que triunfó en los Juegos Olímpicos de Atlanta.

Después, fue suspendido de por vida al ser asociado con un agente de peloteros, y comenzó el ostracismo para la estrella, sobre cuya espalda cayó el castigo de un sistema que usaba, y usa, a sus héroes a su antojo, para desecharlos un tanto después. Incluso, jugó de infield en una liga y trabajó en el Hospital Psiquiátrico.

Decidido a cambiar su futuro, emprendió una travesía por mar que lo llevó a Cayo Anguila, territorio de Bahamas, en donde estuvo varios días junto a unos amigos, hasta ser rescatado y entregado a las autoridades.

Más tarde, el agente Joe Cubas logró su traslado hacia Costa Rica, y pocos meses después, Orlando firmó con los Yankees un contrato de 6,6 millones de dólares por cuatro años, con un bono por firmar de un millón.

El Duque Hernández tenía talismán, como se dice por ahí, para el éxito. No por gusto ostenta cuatro anillos y es el cubano que comanda ese departamento. Incluso, es uno de los latinos con mayor cantidad, ubicado solo detrás de un pequeño pelotón con cinco, compuesto por Mariano Rivera, Jorge Posada, Luis Sojo y Ramiro Mendoza.

Sin dudas, su momento estelar fue con los Yankees de New York, con quienes se llevó tres anillos de Serie Mundial de forma consecutiva al conquistar los Clásicos de Otoño de 1998, 1999 y 2000. Su historia crece más si recordamos que en la Serie de 1999 abrió el primer desafío frente a los Bravos de Atlanta.

El Duque ganó su cuarto y último anillo con los Medias Blancas de Chicago en 2005, pero para más datos, es el cubano con más participaciones en esas instancias, con cinco, porque también perdió una con los Bombarderos del Bronx en 2001, ante los Diamondbacks de Arizona.

Su paso por MLB es una parte definitoria de cómo terminó por construirse el mito del ídolo, quien en esta ocasión regresa del destierro beisbolero que le impuso el gobierno cubano, supera todas las dificultades, y termina por triunfar en el escenario más importante posible, con todos los reflectores encima.

De Cuba a Nueva York, dejó su impronta en el béisbol, con su movimiento espectacular sobre el box, su mística y su sonrisa. Quizás no será el mejor, pero por su forma de levantarse y abrazar el triunfo por sobre los obstáculos, El Duque Hernández emergió de la desgracia convertido en leyenda.

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