La historia de la práctica beisbolera en Guantánamo está ligada a las relaciones socioeconómicas de la antigua provincia de Oriente, pero ningún otro lugar tuvo una influencia extranjera tan marcada y definida como la estadounidense desde principios del siglo XX, dado la proximidad de la Base Naval.

Respecto a las investigaciones y textos de este deporte en la zona, solo es posible disponer de tesis e intentos parciales, aunque en todos los casos hay vacíos investigativos, errores y falta de acceso a fuentes y el análisis de la influencia militar cercana no está explícito.

Al contrario del tratamiento en nuestro país, en Estados Unidos hay prolíficas colecciones fotográficas y archivos en el NHHC (Naval History and Heritage Command), la AASLH (American Association for State and Local History) y el Museo Naval en Bremerton, Washington, organizó en el 2016 la exposición “Cuando el béisbol vino a la guerra”, en la cual aparecieron muchos datos sobre Guantánamo.

El béisbol fue uno de los primeros deportes con equipos propios en la Academia Naval de Estados Unidos desde una temprana fecha como 1860, con muchos equipos y campeonatos, los cuales, según su excelencia, eran considerados reflejo de la efectividad del liderazgo de sus comandos.

Otros deportes también contaron con organización (como el boxeo o carreras de botes) al integrar una guía naval (hoy es un programa) para mantener la moral y el espíritu de las fuerzas. Si la armada llevó sus costumbres a Europa, el Pacífico, el Caribe y Asia, en especial durante la II Guerra Mundial, el paso al imperialismo fue dado con el conflicto tripartito en Cuba y, dentro del archipiélago, Guantánamo ha sido su bahía perenne.

Justo en 1898, desembarcaron 600 marines del acorazado USS Marblehead para ocupar la bahía. Ese contingente estuvo en tierra mientras un enjambre de buques comenzaba a llegar, pero ese Marblehead contaba con un calificado equipo de béisbol, el mismo que había discutido y perdido la final del campeonato naval contra el USS Maine en diciembre de 1897 en la base de Key West.

Así de temprana fue la influencia en la zona, amén de que no es coincidencia el nombre del segundo acorazado: es el mismo que explotaría en La Habana y se convertiría en casus belli.

Como se aprecia desde el inicio de la presencia estadounidense hubo deporte, una nueva práctica exhibida por los ocupantes. Esta condición llevaba a un fenómeno similar al posterior de la identificación o publicidad empresarial, pues las tripulaciones proyectaban la lealtad a sus emblemas. Es de esta manera como los marines fueron exportadores del béisbol en varias localidades apartadas de Cuba, donde aún no conocían de sus reglas.

El béisbol llegó a ser escenario entre maestros y discípulos, y no fueron pocos los juegos contra tripulaciones en puertos como Matanzas (un posible primer desafío de béisbol en Cuba, antes que el del Palmar de Junco), Cárdenas, Nuevitas, Cienfuegos, Gibara, Manzanillo, Caimanera, Santiago de Cuba y, posteriormente, cerca de campamentos tierra adentro en Holguín, Puerto Príncipe y Victoria de Las Tunas.

La historia recoge muchísimos ejemplos, incluso torneos binacionales en Santiago de Cuba en el temprano 1901, en un mínimo común denominador de respuesta nacionalista ante el ocupante. Ocurrían “batallas” en la épica deportiva, pues personas de todas las clases sociales, incluso ajenas al juego, eran capaces de apoyar hasta el fanatismo a los jugadores cubanos con tal de sentir la “venganza” de ganarle al ocupante, al “poderoso extranjero”.

Estas condiciones hicieron que la Base Naval fuera un foco muy importante del deporte de los strikes con hasta 14 campos de juego. Este lugar ofrece una gran perspectiva interpretativa al poder consultarse varias de sus fotos en diferentes épocas, algunas aéreas, entre ellas, una de la colección del barco USS Minnesota entre 1911-1912, en la que aparece el equipo campeón a bordo de su nave (instantánea NHF-088-C.01) y el principal estadio del campeonato de la Flota (NHF-088-C.02 y NH 109395).

En esa ocasión, había varios miles de marineros espectadores en perfectos palcos y gradas de madera por todo el contorno del terreno, hombres de pie al sol, en cada resquicio o elevación del terreno y hasta a caballo; más la cantina congestionada a la vista de una veintena de buques de guerra en la bahía.

Es exponencial el aumento del aforo de un torneo al otro y al menos en Cuba, a excepción del Almendares Park, no hubo hasta 1912 una capacidad de público como el de la Base Naval ese año, cuando ganó el Minnesota. Después en el tiempo, está la codificada UA461.12 (colección de Richard Gamble) del NHHC, donde aparece la celebración de la final del campeonato de la Flota Atlántica en Guantánamo en 1914: era el lugar a donde iban decenas de barcos de guerra en operaciones por el hemisferio Norte para hacer competir a sus dotaciones. La llamada Copa Battenberg  mantuvo su sede allí por mucho tiempo.

Por otra parte, la calidad de las selecciones castrenses era muy superior a las de las antillanas, de manera lógica, porque emergían de unos 20 000 individuos enlistados (en su mayor esplendor) desde muchos lugares de Estados Unidos y como no había disgregación geográfica, esa alta densidad los convertía en una especie de “bolsón”.

La conectividad por ferrocarril de Boquerón-Caimanera-Guantánamo permitió excursiones dominicales de entre 200 y 300 personas, en paralelo a celebraciones por la llegada de barcos que convidaran a equipos de Palma Soriano y San Luis. El “hervidero” de pelota en y cerca de la Base llevó a que en los años 40 del pasado siglo varios de los equipos del campeonato organizado en Oriente por José Ocejo usaran denominaciones en inglés, como Guantánamo Stars, Collins o San Luis Stars.

Además, durante la II Guerra Mundial más de un deportista profesional fue a dar a los uniformados, como los casos de Bob Feller, Yogi Berra, Paul Rizzuto (de hecho Ted Williams hubiera tenido mejores números de no haberse enrolado como piloto del servicio de marines y años después en la guerra de Corea) y cada vez que en un regimiento descubrían a un pelotero rentado, este pasaba a ser una “joya” para los oficiales deseosos de méritos deportivos para las tropas bajo su mando.

La filial oriental de la Dirección General Nacional de Deportes no dudaba en contactarlos para permisos especiales de desembarco e incluirlos en algún programa de juegos entre civiles. Uno de estos casos fue el de un pícher refuerzo (junto a un cácher también marine) de los Guantánamo Stars, llamado David Haadoyoke, según la prensa perteneciente a los Orioles de Baltimore, entonces sucursal de los Cardenales de San Luis, pero que no aparece en los archivos de la Sociedad Americana de Béisbol (SABR). Es posible que nunca llegara a actuar en su país al fallecer en la contienda.

El florecimiento de ese momento también posibilitó topes contra el equipo santiaguero Cuban Mining, el más potente y competitivo de los equipos provinciales para un match de ida y vuelta contra la US Navy. Luego, la confrontación binacional mermó en asiduidad tras el término de la conflagración global, en parte, porque llegaban menos barcos y aviones de guerra y/o porque el sistema del amateurismo cubano cedió en prevalencia ante el inevitable paso del profesionalismo gracias al pacto de 1947 en La Habana.

La alianza firmada por Julio Sanguily y George M. Trautman convirtió a la cuenca geográfica en una gran cantera amarrada al sistema de MLB y muchos de los mejores jugadores emigraron a las Menores o a ligas invernales vecinas; por tanto, los vacíos deportivos en las provincias fueron rellenados por nuevos movimientos.

La Liga Popular de Oriente constituyó una de esas alternativas y tuvo como mejores equipos a los centrales azucareros del centro-norte y las minas de Nicaro, aunque la zona de Guantánamo quedó relegada en campeonatos muy cortos y locales.

Para más obstáculos, la guerra en la Sierra Maestra cerró las posibilidades de lidiar y de viajar por la provincia e, incluso, los guerrilleros del Segundo Frente capturaron a medio centenar de ciudadanos estadounidenses y a 28 marines (“Operación antiaérea”), una acción que obligó a suspender los bombardeos contra los rebeldes.

Todo ese panorama no permitió la pelota de las décadas anteriores y el triunfo Revolución de 1959 exacerbó los antagonismos ideológicos, así como los ataques políticos y armados, con la Base Naval que mantuvo su estatus de territorio ocupado.

No obstante ser una situación incómoda y ser considerada como un territorio ocupado de manera ilegal, otras consecuencias, como esta, la de su influencia beisbolera en la primera mitad del siglo XX, es una visión diferente que nos permite entender un fenómeno en una zona muy específica, a pesar de su relativo aislamiento. Como afirma el investigador Louis A. Pérez, más allá de las diferencias políticas, son demasiadas las semejanzas y ascendencias culturales entre Estados Unidos y Cuba, una larga historia de idas y venidas, de influjo hacia ambas direcciones y el béisbol es uno de los puntos excepcionales.

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