Ser deportista en Cuba exige una cuota de sacrificio adicional a la que ya demanda la profesión. Si eres de béisbol —el pasatiempo nacional que hace mucho da más tristezas que alegrías — tendrás, fuera del terreno, muchas otras presiones gravitando sobre ti.

Que sea una disciplina altamente politizada, que pese a la decadencia siga siendo pasión en el país y que le cree al atleta un compromiso con la grada, donde todos saben o creen saber de pelota y los éxitos o fracasos de sus ídolos son la sentencia de cada disputa o apuesta, es otro juego.

Luis Felipe Rivera Despaigne ha sabido lidiar con todo eso muy bien. Lo ha conseguido a base de sacrificio, flema, sencillez, humildad y coraje. Sin estridencias ni acaparar titulares, se ha convertido no solo en una de las figuras más encumbradas del béisbol pinero, sino también en uno de los beisbolistas con rendimiento más estable en la pelota cubana, pese a su veteranía.

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