Vamos a ver, ¿por qué la Serie Nacional es hoy ese compendio del aburrimiento, atestado de pitchers incapaces y bateadores con el hueco de la capa de ozono en cada swing? ¿Por qué juega en el máximo nivel de esta pelota tanto mal pelotero?

Por supuesto que la emigración tiene su peso. El talento joven —incluso el no tan joven— tiende a buscar espacio en estadios del norte, donde el dinero corre como el agua en los rápidos del Mississippi. Así, las vacantes deben ser ocupadas, y a veces es preciso recurrir a jugadores en plena etapa formativa.

Pero esa no es la causa principal. Afirmar eso sería, lo creo firmemente, un descarado intento por culpar a aquellos que se van al más allá, cuando la verdadera culpa está en el más acá, por la calamitosa atención que le damos al béisbol de base.

Ilustracion

Ilustración: Javier Guillén

Es patético. Hace poco un entrenador de categorías inferiores me contó: «me paso la vida buscando pomitos de desodorante para sacarles la ‘bolita’ que tienen arriba y las envuelvo en papel y esparadrapo para hacer las pelotas de entrenar».

Si ese hombre no es un Héroe Nacional del Trabajo, ¿quién lo es? ¿Se imagina usted a cualquier Peter Ferguson de Indiana, a cualquier Juan Velazco de Quisqueya, hurgando en la basura en busca de materia prima para hacer pelotas?

Somos un país pobre, ya se sabe, y nos hemos aferrado a un deporte nacional de pueblos ricos. Cuestan el guante y los spikes, y cuesta mucho un bate que se puede partir el mismo día del estreno. Las pelotas son caras —más de seis dólares en el mercado— y van a serlo más según me dicen. Más oscuro no puede ser el panorama.

Pero ya estamos montados en el tren, y por fortuna se nos abren unos cuantos caminos con el tema de las contrataciones en el exterior. El país ingresa moneda dura, y cada vez le llegará en mayores proporciones dado el interés que despiertan los cubanos en las ligas de Asia y el Caribe. (A Canadá no la menciono, porque me suena a chiste lo de su campeonato independiente con salarios de esclavo moderno).

Los contratos con los japoneses —que se multiplicarán a partir de noviembre— son de siete dígitos. Enjundiosos también lo serán próximamente los que firmemos en Dominicana o Venezuela. Y más temprano que tarde estaremos presentes en Taipei y Sudcorea. La tajada principal se la lleva el atleta —mis congratulaciones—, pero existe un por ciento de la plata que termina en las arcas del Estado. Y ese dinero puede ser la salvación de nuestros niños peloteros.

Una parte de esos ingresos, digo yo, se podría destinar al trabajo en la base, que es la primera piedra del edificio beisbolero. Vengan los bates, las pelotas, lo demás, y tendremos de nuevo una Serie Nacional como Dios manda. Que de eso se trata en esta tierra donde la vida gira en torno a un juego entre novenas.

Solo así, con el sistema funcionando seriamente, mi amigo entrenador dejará de sacarle la ‘bola’ a los frasquitos de desodorante.