Sao Paulo, Brasil, 1989. Final del Campeonato FIBA Américas para damas. Las selecciones de Brasil y Cuba se enfrentaban en el coliseo Ibirapuera por un pase directo al Campeonato Mundial de Malasia 1990.

El partido estaba cerrado y ella recuerda que allí era casi imposible ganarles a las sudamericanas. El tabloncillo temblaba literalmente y el choque se paraba porque el público tiraba cosas a la cancha. Mientras el reloj se iba agotando en el último cuarto, ambas escuadras sobrepasaban los 80 puntos en una pugna cerradísima. Las caribeñas habían derrotado a “las americanas”, campeonas olímpicas de Seúl 1988, sin embargo, todos daban a las auriverdes como favoritas para llevarse el título.

En la pizarra se mostraba el tiempo para una última acción muy rápida. El entrenador Manuel Pérez, “el gallego”, pidió tiempo y Regla Hernández sabía que el peso de la definición caería en sus brazos.

“Leonor (Borrell) y Regla juegan juntas… sales y tiras, si ves que se hace imposible, dale la bola a Leonor”, dijo el gallego.

“Sacamos, hice una finta para un lado y salí a recibir. Amagué a tiro, me dio tiempo a picarla y solté, con la pelota en el aire se acabó… ¡La que se formó! Pero se vio claro que el balón estaba arriba… El Ibirapuera se vino abajo. Fue una sensación muy bonita, aunque siempre decidir no era fácil y otras veces me tocó fallar”, rememora como si se encontrara en ese preciso instante.

Cualquiera pensaría que el futuro sería una autopista plana, sin obstáculos, pero hay situaciones que pueden truncar carreras y sueños hasta calar muy hondo en lo profundo de las personas.

Esa Regla de Brasil, no es la de hoy en día. La vida, las circunstancias y algunos malos tratos e injusticias la obligaron a cambiar, sobre todo a partir del momento en que la dejaron fuera de un equipo nacional bajo la excusa de que era “posible emigrante”, aunque la llamaron nuevamente por que necesitaban su talento en un Mundial para obtener resultados.

Ella cree firmemente que pudo haber jugado entonces en cualquier equipo profesional por su calidad, pero como eso implicaba irse del país nunca estuvo dispuesta al dolor de no poder ver a sus padres.

Después, llegó una terrible lesión, las amenazas y el fin de su carrera, que implicó el paso a una vida lejos del deporte para que la no estaba preparada.  

Regla Hernández
Foto: Hansel Leyva

Camino a la gloria: de una silla de ruedas al equipo nacional

Nació el 27 de abril de 1968 y se crio en un reparto de la Reforma Urbana en Pedro Betancourt, Matanzas. Habla mucho de su infancia feliz a pesar del control extremo de su padre, quien mantenía a sus hijos en una “burbuja” para alejarlos de las malas influencias. Sin embargo, eso no consiguió evitar que sus hermanas mayores, escondidas, empezaran a practicar baloncesto. Ella no necesitó más que ver un entrenamiento para saber que el mejor lugar para estar sería esa cancha de cemento limitada por dos aros en sus extremos.

“Llegaba un momento en que veías cien niños en un terreno. No tenía la edad de empezar a jugar, pero fue el mundo que me ilusionó y vi que existía algo más que las muñecas. El sonido del balón, la lucha y la alegría me enamoraron. Tuve que dejar la actividad un tiempo, porque nací con una deformidad en los metatarsos que trajo muchos problemas. Estuve en sillas de ruedas sin caminar, pues tenía que esperar a que mis huesos desarrollaran y a los siete u ocho años poder operarme. Ese proceso fue muy duro; quería jugar y a la vez era paciente y pensaba: ‘tú veras que cuando me ponga sana de mis pies voy a correr’ y eso me mantenía en una ilusión siempre”, cuenta.

¿Por qué se resistía su padre en un principio?

“Nos guardaba en una urna de cristal, no podíamos ir a los edificios de atrás, porque los muchachos soltaban malas palabras y él le decía al entrenador que no quería que nos mezcláramos con todo tipo de gente. Desde tercer grado trabajó para poder ayudar a su mamá a sustentar a sus hermanos y no pudo estudiar. Entonces, nosotras teníamos que hacerlo. Luego vio que era una práctica organizada y se convenció. Iba todos los días porque es verdad que a veces los chiquillos se fajaban, en ocasiones mis hermanas no querían ir porque las ofendían… Todo eso pasaba”, cuenta.

Era una niña a la que no le gustaba perder y lo exteriorizaba: ante cada derrota se iba para la línea del tren y se ponía a lanzar piedras. Su entrenador, Ismael García la motivaba mucho y siempre vio en ella lo necesario para triunfar en ese deporte sin importar que la catalogaran de “bajita”. Estando en la categoría 9-10, la invitaron a participar en unos Juegos Escolares Nacionales con el equipo 11-12 y al año siguiente entró en la Escuela de Iniciación Deportiva de Kawama, en en Varadero.

“Es la escuela más bonita donde he estado. La persona que decidió que ahí iba a ser la EIDE ‘Luis Augusto Turcios Lima’ tenía que adorar mucho a los niños, porque eso era un paraíso y no por ser Varadero, sino por la estructura, la organización, el tiempo de ocio que teníamos. Después de los entrenamientos en la mañana, casi siempre la parte de estiramientos y relajación la hacíamos en la playa. Por el otro lado, teníamos el canal y yo me pasaba todo el tiempo en ese mundo. Era como un complemento. Un aire puro fenomenal. Para mí era como un sueño estar en una escuela así. Luego la EIDE la hicieron en otro lado, en la Carretera Central. La adaptación fue terrible, pero también era muy bonita.

“Eso es importante, no solo tener un buen entrenador y una sistematicidad en el entrenamiento, sino también la infraestructura que necesita el centro para que el niño se ilusione, pues no puede llegar y ver una escuela deprimente”, afirma.  

En el año 1980, con solo 12 años, llegó a la Escuela Superior de Perfeccionamiento Atlético (ESPA) Nacional. No fue sencillo que el padre cediera a que, tan pequeña, viajara a La Habana. Tanto así que dio la aprobación el penúltimo día, cuando la determinación de Regla ante la pregunta de si quería irse terminó por convencerlo.  

“Cuando llegué existía el equipo juvenil A y el B y un plan especial gigante que tenías que pasar para ascender hasta el B. Había como 200 muchachas y entrabas en el último grupo que entrenaba en el terreno de cemento. En el primer año transité por todos los grupos hasta el B, pero era muy chiquita. Ahí había jóvenes formadas ya y decía: ‘¡Ay, Dios mío, ¡me van a matar aquí!’. Pero me fui ganando a la gente porque les gustaba como bajaba la pelota, repartía, tenía habilidades con el balón y visión del juego”, detalla.

En el Juvenil tuvo pequeñas discordias con el entrenador Rigoberto Chávez, pues la fama que traía la matancera creaba una atmósfera complicada. “Teníamos muchos enfrentamientos, porque existía una imagen muy distorsionada de mí. Me gustaba el baloncesto, pero no era lo único. En el terreno me mataba y cuando se acababa ya era yo; andaba con los amigos que quería y hacía las cosas que prefería. Eso a veces se miraba un poco mal. Los fines de semana me iba con mis amigos de balonmano, con Delisle, a escuchar música de los Beatles cuando estaban prohibidos… Era mi mundo y no se me respetaba”, dice.

Entre los obstáculos que tenía que sortear, Regla fue a su primera competencia internacional en Europa y el desempeño en la cancha sirvió para comenzar a ganarse la confianza de Chávez.

Sobre el rendimiento y la formación de jugadores opina que el sistema competitivo de antes garantizaba la calidad de las figuras. “La gente piensa que me hice basquetbolista en el extranjero ¡No! Fue en Cuba, porque jugaba no sé cuántos partidos de nivel al año. Es el sistema que no está ahora. En la base, copas pioneriles dos y tres veces al año, los juegos zonales, los juegos escolares, las copas Cuba… Con una competencia al año nadie se desarrolla y no hablo de viajes, sino de jugar aquí”, afirma.

Nace “La Pantera”

El perfeccionamiento diario del plan especial la comenzó a desmotivar un poco hasta que, por azar, y por suerte para ella, llegó el exatleta Roberto Santiesteban a ayudar en la preparación.

“Él se fijaba bastante en mí y me dijo: ‘Vamos a empezar a clavar la pelota’. Y yo le decía: ‘Roberto, ¿usted se volvió loco?’. Me enseñó movimientos nuevos y fue motivándome. Incorporamos una acción de entrada al aro; pero estirándome en la diagonal. ‘Tienes que acostarte en el aire y tirar’, me decía. Yo no podía hacerlo y cuando todo el mundo terminaba de entrenar, pasaba por el albergue a recogerme y entrenábamos de noche. Eso era algo que faltaba en mi juego y él lo vio.

“Repasé ese movimiento: como tirar una bandeja, pero con el cuerpo en el aire casi horizontal. Te crea una ventaja. En el contraataque me regañaba porque dribleaba mucho y le contestaba: ‘¡Coño! Pa’ llegar de un aro a otro hay que driblar’ y entonces me demostró que con dos o tres veces que picaba ya estaba en el otro lado… y aprendí eso”, recuerda.  

Con la nueva jugada en su accionar, unos Juegos Juveniles de la Amistad, en Rumanía, la vieron lucirse: cuatro botes hasta el aro rival y tiro en bandeja casi horizontal. “Había un señor del Comité Organizador que me decía la pantera y me quedé con ese apodo mucho tiempo. De verdad que era como un pantera: un, dos, tres y al aro. Se lo agradezco mucho a Roberto”. 

¿Cómo eran los demás entrenadores?

“Muy rectos. Chávez una vez no me dejó viajar con el equipo porque saqué baja nota. Había cogido 80 y la ley era que si suspendías no podías ir, pero me dijo que no importaba, que esa no era mi calificación. Esto de ahora que pasan la mano no existía en mi época.

“En el equipo nacional tuve muchos problemas. Entré al Cerro Pelado en 1984.  Estaba Carmelo Ortega y yo tenía mi temperamento y nadie me lo cambiaría. Él llegaba, te gritaba y recuerdo que era casi en tu cara. Una respiraba y él seguía. Cuando veía que se pasaba de lo que yo entendía, cogía la mochila y me iba. No fui a que me gritaran e insultaran.

“A los entrenadores que tienen mala forma siempre los justifican con que si es muy impulsivo y tal. No entiendo nada de eso. Entonces, las muchachitas me decían que tenía que cambiar la actitud y les preguntaba: ‘¿Qué quieren, que me ponga a llorar como hacen ustedes?’. Eso chocó mucho, pero esa era mi filosofía, jugar baloncesto al máximo, me reviento; pero vengo a entrenar, no a más nada. Llegué con carácter, cambié muchas cosas, estilos y formas de ser. La gente estaba acostumbrada a tragar y soportar. Ese primer año fue muy fuerte”, manifiesta.

Su primera posición fue base, pero a la temporada siguiente “el gallego” la puso para el grupo de las delanteras, donde debía luchar por ganarse nuevamente el puesto de titular. Cuenta que no estaba muy contenta y que salía con muchos golpes de los entrenamientos. “Julio Cartaya me dijo: ‘Debes cambiar tu cuerpo’. Y estableció un plan de entrenamiento con planchas y abdominales, porque era muy joven para tantas pesas… En un año tuve tremenda transformación física que me permitió mejorar mi rendimiento deportivo”.

Pero tenía jugadoras por delante en la nueva posición y no fue hasta un Grand Prix, en 1986, que tuvo la posibilidad de afianzarse como delantera. “El entrenador me indicó: ‘Cada vez que cojas la pelota, ataca pal’ aro’… Y así fue. Me hacían faltas y encestaba los tiros libres. Me acodaba de Santiesteban, cogía el rebote y tira la pelota pa’lante. Salí de todo lo que era el esquema táctico de juego. Nunca más me senté y quedé la mejor delantera del torneo. Estuve 10 años jugando como titular en el equipo nacional”, expresa.

Regla Hernández
Foto: Hansel Leyva

¿Cómo era el día a día para poder entrenar?

“Había que levantarse muy mentalizada para poder aguantar ese entrenamiento. Desde que despertabas era pensando en lo que te tocaba en el día. Antes del Período Especial la alimentación era muy buena y variada, pero el horario de descanso no era el correcto, entrenábamos hasta las doce del día y a las tres de la tarde teníamos que empezar de nuevo.

“Para recuperarme iba al albergue, me bañaba para bajar esa carga, almorzaba y luego otra sesión de entrenamiento. A las seis él (Manuel Pérez) decía: “No sale. Dile a la tía del comedor que guarde 20 comidas para cuando esto se acabe”. Psicológicamente, para aguantar eso te tiene que gustar mucho el baloncesto y tener unos intereses individuales y colectivos y un compromiso muy fuerte para poder estar ahí. Ahora no, ahora a las cuatro de la tarde te vas. Vivía en un tabloncillo y los miércoles y sábados de la escuela para el entrenamiento. Mucha gente llegaba y no se adaptaba”.

Un Mundial histórico y el sueño de los Juegos Olímpicos

En el Mundial de la URSS 1986 obtuvieron el sexto lugar y dos años después no pudieron ir a la cita olímpica de Seúl 1988. Por tanto, todos los deseos se centraban en la lid mundialista de Malasia 1990, en donde se vería la mejor actuación histórica de un equipo femenino cubano de baloncesto.

“La preparación fue fuerte y atípica porque comenzaba el Período Especial. Estuvimos mucho tiempo en el ‘Cerro Pelado’, la alimentación no era la adecuada y en varias ocasiones le decíamos por las tardes al entrenador: ‘Gallego, lo que almorzamos no nos da, no podemos más’. Y tenía que ajustar los entrenamientos y dar algunas tardes libres. Pero siempre estaba el compromiso de que tenías un Mundial.

“El evento era para coger oro y se nos fue de las manos. Le ganamos a Brasil, a China y a equipos muy buenos; pero en el cruce caímos con Yugoslavia y nos llevamos el bronce ante las checas. Con Yugoslavia jugamos mal, queríamos asegurar tanto la canasta y nos perdimos del ritmo y el estilo nuestro. Con las checas, por el tercer lugar dijimos: ‘Caballero, si llegamos hasta aquí pasando tanto trabajo, aunque sea con una medalla nos tenemos que ir. Nos dio un poco de tristeza haber perdido con Yugoslavia y el gallego nos dijo que nos íbamos a acordar de esa medalla toda la vida, es una presea mundialista”, cuenta.

Después vendría un momento único en su carrera, con una magna cita: los Juegos Olímpicos de 1992 en Barcelona. Allí las cosas no salieron como esperaba por cambios inesperados.

“Pasaron muchísimas cosas. La preparación fue mejor que para el 90, pero ya no estaba Julio Cartaya, el segundo entrenador. Yo le decía el mecánico, porque siempre andaba en el detalle. Se cambiaron esquemas y cuando llegamos a los Juegos Olímpicos veo que hacen dos quintetos: uno defensivo y otro ofensivo. Me quedé muerta.

“Una estrategia con la que nunca había entrenado y, en mi criterio, en una competencia así no puedes improvisar. Y eso pasó. Leonor y yo, que jugamos juntas toda la vida, estábamos en quintetos separados. Era una cosa extraña y nadie dijo nada. Aun así, se jugó un buen partido contra Estados Unidos y un cuarto lugar es un resultado muy importante. El nivel estaba parejo, no se podía decir que ibas a por un resultado determinado”, explica.

En 1991 ganó la medalla de plata de los Juegos Panamericanos de La Habana tras perder contra Brasil en una final a la cual, según cuenta, llegaron agotadas por el partido previo en el que vencieron 86-81 a Estados Unidos.

Regla Hernández en el equipo ideal del Mundial de Malasia
Regla Hernández en el equipo ideal del Mundial de Malasia.

Los momentos felices, los tristes y el olvido a una gloria del baloncesto cubano

Cuando se le pregunta por el momento más feliz de su carrera, casi sin dudarlo, afirma que fue cuando le comunicaron que estaba en el Todos Estrellas del Mundial de Malasia 1990, allí, con las mejores del mundo, donde siempre se propuso estar.

“No me lo creía. El gallego tocó en la habitación y nos dijo a Leonor y a mí: ‘Bajen, que tienen una actividad. Deben ir con una chaqueta deportiva que diga Cuba que están en el todos estrellas del evento’. Leonor y yo nos miramos como diciendo ‘este gallego se inventa cada cosa’… Llegamos al lobby y cuando entramos, dimos un grito de alegría, porque era un reconocimiento muy importante y se lo agradezco mucho a la Federación Internacional. Para mí fue uno de los días más felices de mi vida”, recuerda.

Regla explica que, internacionalmente, las cubanas eran muy valoradas, sin embargo, en Cuba no fue tan así y hoy en día eso se mantiene. “Por ejemplo, este mismo año de pandemia, se han puesto en la televisión muchos recuerdos y homenajes. En 2020 es el aniversario 30 de esa medalla, el mejor resultado de la historia del baloncesto cubano, ¿han puesto algo? Nunca.

“No necesitábamos que nadie nos animara dentro de lo que es la Federación Cubana ni el INDER. No vivimos de eso. Siempre hemos jugado porque hemos querido, dando la vida en el terreno. Me siento realizada y cumplida. Desde que vi jugar a Agnes Nemeth dije que quería ser una de las mejores jugadoras del mundo y lo conseguí”, explica.

Cuando habla de olvido explica que para ella no quiere nada. “Como si no me mencionan en la vida”, espeta, pero sí pide respeto para una escuadra que merece ser reconocida, que se sacrificó y que estuvo 10 años en el primer nivel mundial.

“Ese equipo tenía jugadoras establecidas como Leonor Borrell, Dalia Henry, Bárbara Béquer, Beatriz Perdomo… con resultados sostenidos que era muy difícil en esa época por lo que representaba: no jugábamos en clubes, no nos pagaban por eso como ahora que hay otras variantes, jugábamos por corazón, porque queríamos ser las mejores. Eso nunca se resalta”, dice.

La conversación se ha extendido y el tema siguiente la hace mirar al techo y soltar una especie de sonrisa de esas que se fugan y parecen inevitables. Se toma su tiempo y comienza la historia sobre el momento más triste de su carrera.

“Año 1993, cuando me dijeron que no viajaría a los centroamericanos de Ponce. Ya tenía mi uniforme, credencial; todo listo. Y el Comisionado determinó, por cuestiones que no tenían nada que ver con mi rendimiento y comportamiento como atleta, que no iba porque era posible emigrante. No entendía nada.  Decía: ‘no me digas que soy posible emigrante porque tengo una hermana en el extranjero, pues ella vive ahí hace tiempo y he viajado, he ido incluso a Barcelona’.

“De ser así no hubiese ido a la gira ese mismo año. Me chocó mucho y tuve que entregar mi uniforme. Eso me ha marcado para toda la vida, pues en el momento no utilicé la rebeldía que tengo para enfrentarme a lo mal hecho y a la manipulación. Lo dejé así. ¡Qué manera de hacer mal las cosas, de provocar y hacer daño!

“Hubo situaciones después de que mi entrenador Manuel Pérez decidió irse del país, porque quiso reunirse con su familia. Respeté esa decisión y nunca me puse en contra… Muchas veces nos decían: ‘ustedes se la pasan hablando del gallego’, pues para mí fue como un padre que siguió mi proceso. Lo que yo fui tenía que ver con él. Entonces todo tenía que ver con eso, que hablara de él no significaba nada más; y cosas así se manipulaban de una manera tan oscura que el resultado fue ese: ‘No vas a Ponce por ser posible emigrante’. La decepción más grande de mi vida. A partir de ahí fue como si quitaran una persona y pusieran a otra”.

Confiesa que los tres años siguientes que pasó en la selección se mantuvo por compromiso con su padre, pero las sensaciones jamás volvieron a ser buenas para ella.

“Después seguí viajando y en el 94 fui a un mundial. ¡Ah! Para el mundial si hice falta y para Ponce no. Claro, porque ahí había que tener un resultado y de esa actuación dependía el que se mantuvieran los entrenadores y comisionados. Ya no era la misma porque eso no se hace. Cuando Miguel Calderón ocupó el cargo de entrenador todo el que venía de la época anterior molestaba. Entonces me dije: ‘Voy a irme de aquí el día que desee, no el que quieran ellos. Mientras mi resultado deportivo sea el que me toca voy a estar aquí’. Fue una guerra, en contra de mi voluntad me mantuve. Eso repercutió en lo que soy ahora, que no dejo pasar una”.

En 1996, Atlanta acogería los Juegos Olímpicos, y ese era el evento con el cual pretendía cerrar su brillante ciclo en la selección nacional. Partió de Cuba hacia las giras previas con una lesión en un dedo que se agravó a tal punto que terminó por ponerle fin a su vida deportiva.

“De China nos fuimos a Brasil. Recuerdo que el médico de ellos vio el dedo y preguntó si estaba jugando así. Me dio una tablilla y unos ibuprofenos. De ahí fuimos para México y allí la mano se me empezó a poner verde. Nadie la quería tocar. La metieron en el hidromasaje y fue peor. Llamé al padre de mi hija a Madrid y le dije que no quería jugar más baloncesto. Estaba muy preocupada, me estaba maltratando. Mi pensamiento era virar para Cuba, al ‘Frank País’. Llegué el 27 de abril de 1996 y sabía que era el fin. Al otro día fui a ver a Álvarez Cambras. Cuando le expliqué lo que pasaba y desde cuándo, dijo: ‘Ahora no te voy a atender. Mañana vienes con tu médico aquí. Yo soy bueno, pero no mago’. Al siguiente día se encerraron ellos ahí y luego él, sin hacerme una placa, me diagnosticó e hizo todo: me metieron un pincho y empezó a salir un líquido y después me pusieron un yeso.

“Decidí irme. Hubo reuniones aquí en el INDER bastante feas y me acuerdo de que el único que me defendió fue Ruperto (Herrera). Le dijo a Tomás Herrera que no hicieran más nada, que si no quería jugar más… ya. No más extorsión”, explica.  

¿Cómo era esa “extorsión”?

“Fueron muchas cosas. Eran amenazas. Por ejemplo, en ese momento estaba con el padre de mi hija que es español y Tomás Herrera decía que no podía entrar más al país, que si no sabía cómo me iba a ir de aquí, que si lo haría en balsa. Ya en la última reunión solté todo lo que tenía que decir. Un día le dije a Tomás: ‘Quizás me vaya en una balsa, no sé en qué me vaya a ir si lo decido, pero seguro que no voy a seguir jugando baloncesto’. Me casé con el padre de mi hija y salí del país. Lo que quería era tener mi familia”.

Después de aquellos sucesos decisivos en su vida, marcados por el maltrato, llegó el momento de abrirse camino fuera del deporte y enfrentar otro reto: la adaptación a una nueva vida lejos de la rutina competitiva y personal de tantos años, que tampoco fue nada sencillo para Regla.

Regla Hernández
Foto: Hansel Leyva

Fuera de la cancha: hábitat desconocido

Después de aquel cierre amargo que marcó su fin en la selección nacional, España le sirvió de hogar por dos años hasta 1998. Allí cree haber vivido la peor experiencia de su vida. “Era una mantenida”, afirma como quien todavía no comprende que así fue. Regresó a enfrentar la realidad y se dio cuenta entonces de que había muchas cosas que no conocía.

“Todo lo veía distinto… Mantener una casa. Antes viajaba y resolvía los problemas. Vivía en el Cotorro y quería permutar y no sabía cómo eran los trámites, era algo completamente nuevo. Cuando llegué al mundo real no sabía de nada. En la vida deportiva no tenías que preocuparte de muchas cosas”, afirma.

Conseguir trabajo no fue fácil, le daban largas en la Comisión por la imagen que se había formado alrededor de su figura y no aparecía ninguna plaza. Pepe Ramírez fue quien, sin cuestionamientos, al verla un día en esa situación, le propuso que se fuera de asistente para el equipo nacional. “Me fui con él. No puedes tener la concepción de una persona sin trabajar con ella, sin relacionarte. No era una plaza, pero estuve trabajando un tiempo con las muchachas. Iba aprendiendo. Fue la primera oportunidad que tuve”, cuenta.  

¿Cómo era el panorama de tener que sustentarse?

“Duro. Cuando entré a trabajar al ‘Cerro Pelado’ ganaba como 341 pesos, nunca se me olvida ese salario. Decía: ‘¡Esto no alcanza!’. Tenía que sacar tantas cuentas, porque era mi sustento y debía planificarme. Trataba de ayudar a mi mamá. Imagínate. Cambiaba el menudo en el banco para tener mis 40 kilos de la guagua y los fines de semana me iba con una vecina al agro de la EJT, porque todo salía más barato. De atleta una no pensaba en eso. Para mí era horrible. Esa es la vida real. Te tienes que adaptar. Menos mal que después subió un poquito el salario y ahora de nuevo y se respira mejor. Es un mundo difícil.

“Pasé diplomados en el Instituto Internacional de Periodismo ‘José Martí’ y fue salir de la burbuja. Andaba perdida. Era una ignorancia tan grande que no estaba ubicada en nada que no fuera deporte. Me rodeaba de muchos compañeros que no tenían que ver con eso y veía que existían otras cosas a partir de las aristas del periodismo”, explica.

Una pregunta obligatoria es el estado del baloncesto femenino cubano y del deporte en general, cuyos resultados han decaído de forma evidente en los últimos años, con especial énfasis en las disciplinas colectivas.

“El deterioro de las instalaciones deportivas es uno de los problemas más grandes que tenemos y eso que se han recuperado algunas, pero todavía falta. Todas las provincias tienen que tener una sala polivalente. Hay que mejorar las condiciones en las EIDE, un entrenamiento no puede ser solamente con dos aros; deben tener múltiples aros y los materiales para trabajar, pues muchas veces faltan balones o no tienen la calidad requerida y en el perfeccionamiento atlético son necesarios bastantes implementos. También la preparación metodológica de los entrenadores de la base debe ser un poquito más sistemática. El sistema competitivo hay que rescatarlo. De la base emerge todo y el trabajo ahí es fundamental”, explica Regla.

¿Y desde el punto de vista de confort en campeonatos y demás?

“El baloncesto hace algunos años no, pero ahora tiene mejores condiciones de alojamiento quizás hasta que en mi época. Están en hoteles, viajan en guaguas muy cómodas, que no pasaba en mis tiempos… Sin embargo, no está ni en el hotel ni el transporte, lo que importa es la calidad de los eventos y muchas veces todavía está muy lejos de lo que queremos. Normalmente, se ve la calidad en los partidos finales. La participación es escasa, antes había un sistema de competencias que mantenía a todas las provincias del país activas. También el ciclo competitivo de los juveniles se ha acortado porque no hay ESPA y academias, que eran el relevo que tenían los equipos. Eso se perdió”.

¿Cuáles pudieran ser las posibles soluciones?

“Tenemos que volver a retomar las Ligas de Desarrollo, incentivar a las provincias que no participan en la Liga Superior a tener su liga de desarrollo para que crezcan los atletas de perspectivas inmediatas. Las academias tienen que aparecer, las ESPA, donde se prepara el atleta joven cuando llega. En el baloncesto para desarrollarse hay que jugar y enfrentarse a rivales diferentes, a equipos superiores e inferiores, y tienen que darte una paliza que te saquen 40 puntos para que sepas todos los aspectos a mejorar. No hay presupuesto para asistir a eventos y es verdad; pero puedes evolucionar aquí”.

En la actualidad, Regla Hernández trabaja en la Universidad de Ciencias de la Cultura Física y el Deporte “Manuel Fajardo” y uno de sus sueños es que los proyectos que lleva avancen, fundamentalmente por el impacto social que pueden tener en comunidades con entornos complicados.

“Están los proyectos ‘3×3’ y ‘Tiro libre’, que trabajamos con niños en la cancha de Primelles y Final. Es mi vida. Me ha hecho renacer como profesora y persona. Quedé muy impactada cuando vi ese terreno y los problemas psicosociales que había. Los muchachos grandes eran los que mandaban, las malas palabras… Y me dije que eso se podía cambiar, transformar esa realidad. En enero de 2019 estábamos ahí oficialmente. Llevamos dos balones. Al principio había dos o tres niños y se fueron incorporando más. Hemos ido creando un ambiente distinto, cosas extraescolares para su formación. Una vez me asaltaron y todo porque es un lugar complicado. Sé que nadie quiere ir a allá atrás, pues es trabajo sin remuneración, pero son barrios que necesitan iniciativas”, manifiesta.  

¿Qué la hace feliz?

Ser una mujer independiente y poder tomar mis decisiones. Y trato de inculcárselo a mi hija que es lo que más feliz me hace. No pude tener una mejor. He sido afortunada con ella.

¿Frustraciones?

La planificación familiar que tuve no es la prevista. Quería tener muchos hijos. De joven siempre pensé en eso. Luego no pasó así.

¿Le pasó por la mente ir a jugar en otro país?

La gente cree que tuve la intención, pero no. Estaba cansada. Con muchas lesiones porque forcé mucho mi cuerpo.

¿Antes de marcharse de la selección tampoco lo pensó?

No. Era otro tiempo. No me ilusioné con eso, para jugar afuera debías irte y aquí tenía a mis padres y no estaba dispuesta a ese sufrimiento de no poder verlos. Hubiese estado en el club que yo quisiera.

Regla Hernández va llena de recuerdos, y los cuenta uno detrás de otro, reproduce los diálogos y se emociona. Sonríe y también se indigna cuando la conversación se empeña en remover viejas heridas. Todo parece bien claro en su memoria: las medallas, el coliseo de la Ciudad Deportiva a reventar mientras les endosaba 50 puntos a las americanas en el partido de su vida y otras tantas anécdotas que darían para un libro. Los ojos sencillamente le brillan, justo como a una pantera en la oscuridad.

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