Cuando la única medallista olímpica del ciclismo cubano, puso un pie en los adoquines del santaclareño Parque Vidal, rompió a llorar hasta que al filo de las cinco de la tarde, un cerrado aplauso y llovizna, la despedía para siempre del pedal.

Yoya lloraba con todo, con la poesía que alguien le leyó, con el «Yoanka mírame para una foto» y con las típicas aves negras que inundan el Vidal todas las tardes.

Hace 25 años, Yoanka salía de Maguaraya Arriba, un asentamiento perdido de la geografía cifuentense, sin más objetivo que hacer su vida en un internado. «Algo útil, algún oficio menor», se dijo. A esa edad, descubrió que era buena en algo primario, correr.

«En mi familia no había nadie deportista. Todavía hoy me pregunto, cómo lo hice, cómo llegué tan alto, si no era nadie. ¿Ciclismo? No sé, yo te digo, era mi destino. Iba a ser ciclista, porque lo intenté con el atletismo, corriendo, lo mismo que hacía en Maguaraya desde niña, pero el principio del final fue una bicicleta. Eso vino a mí porque me tocaba».

«Creo que el primer orgullo, era entender, que era hija de esta provincia y mis logros, eran símbolos de Villa Clara. Eso era un motivo constante. Cuando empecé me trazaba metas anuales, por escalones. Campeona de Cuba, del área, luego Panamericana y así».

—Y llegó el Mundial de Australia en 2004. Ya tenías el bronce de Stuttgart, un año antes.

«Sucede algo raro, porque un año antes había sido octava en el scratch y donde más cerca estuve fue en la carrera por puntos. En Melbourne todo cambió, conseguí el oro en el scratch, creo que se confiaron, pero para mí fue muy difícil. Cuando conseguí el campeonato mundial, me tracé la meta de lo siguiente, las Olimpiadas. Tenía todo un ciclo para prepararme, pero las cosas no fueron tan simples».

El 2008 se pintaba como el más común de los años, aunque a mitad del año, China acogía sus primeros Juegos Olímpicos. Yoanka y sus pareja de entonces, el cinco veces monarca de Cuba, Pedro Pablo Pérez, estaban clasificados a la cita. Pero llegó julio y un accidente que dejó al pinareño en coma, por varios días, y a la villaclareña a su lado.

Cuando el 18 de agosto de 2008 Yoanka entró al velódromo olímpico de Pekín, lo único que tenía en la cabeza era el estado de salud de Pedro Pablo. Ni más ni menos, aunque ahora lo omita. Sus primeras palabras, cuando se supo subcampeona, lo dicen todo: «Le dedico la medalla a Pedro que tanto deseaba este resultado. Luché por él todo lo que pude, él me dio fuerzas para seguir adelante cuando sentí que flaqueaba». Mucha agua habría de pasar debajo de ese puente, por contar, pasaron nueve años.

«Trabajé todo un año para ese resultado de Beijing. Llegado el momento, pensé que había un pueblo esperando lo mismo que yo. Fue en ese instante que realmente entendí la magnitud de lo que había conseguido», dice a unos metros de donde premiarán a los ganadores del tramo ciclístico, Cienfuegos-Santa Clara.

—Te voy a recordar la penosa exclusión del team en Guadalajara, 2011. Habías perdido un embarazo, te reclaman al Cuba y luego sucede esto.

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Retiro de Yoanka González. FOTO: Yariel Valdés

«Esa determinación la tomaron los jefes y para mí fue algo bien triste. Yo no quería correrla, porque no estaba en condiciones, yo lo sabía, pero ellos insistieron en que participara y entonces me lo tomé en serio. Lo que no había entrenado durante los meses de la pérdida, traté de recuperarlo entonces. Sabía que tenía que competir y hacerlo bien. A última hora me bajaron del ciclo, y no fue la mejor decisión que tomaron, porque yo siempre me he crecido en momentos difíciles. Si ellos confiaban en mí, haría lo mejor posible. Pero bueno, todo lo dejé en sus manos, ellos sabrán luego, yo tengo lo más importante, un pueblo que me quiere».

—Si tenías ese precedente, ¿por qué volviste en 2014?

«Otra vez pasó lo mismo. Lo cierto es que me quería retirar de otra manera. En la vida te suceden esas cosas malas, a esas decisiones tristes, que alguien toma por ti. Siempre he pensado que hay segundas oportunidades, buscaba que Veracruz fuera la mía. Nunca he pensado que es la última salida, que es la última pelea. Ni siquiera este adiós será lo último».