Al profe y amigo Ismael Sené le parecía que el zurdo Alejandro Eiriz hacía demasiado esfuerzo al soltar la bola, casi como esas muecas de fuerza máxima tan ilustrativas en el fotoperiodismo deportivo. Así me hablaba como buen reglano, de sus pasiones por aquel equipo representativo del ultramarino bario en la Unión Amateur, a lo que le agregué la anécdota de cuando “casi lo matan” en un central porque, supuestamente, lanzaba a las dos manos en un doble header sabatino.

¿Pero no era zurdo? Sí, claro, y bateaba a la derecha, que cuando aquello no había designado, de allí surgió el entuerto. Eiriz venía de una familia rural, quinto hijo de  diez de un gallego comerciante, quien vino huyendo de la leva del ejército peninsular; era chiquitico y flaquito, el clásico “patatico” a quien no le gustaban mofas y nombretes por su complexión, pero un siniestro con buen control y grandísima curva es siempre un ganador.

Esas dotes casi lo llevaron a los panamericanos de Buenos Aires 51, pero no se presentó a la preselección en La Habana, cosas de un guajiro del central Céspedes, en Camagüey, menos mal que cedió a irse a la capital y con los Rifleros de Regla colgó nada más y nada menos que 114 ponches en 1952 y al otro año lanzó un no hit no run en la Liga Amateur de Cuba. Fue dos veces internacional con la selección nacional a Series Mundiales y también estuvo en la Liga Popular de Oriente, la Intercentrales y la de Pedro Betancourt.

Ahora que sabemos de su currículo, remontemos el hilo conductor, antes de todo eso, cuando lo fueron a buscar a Céspedes para lanzar por el central Baraguá contra el Pina. A su llegada al Baraguá Park algo andaba mal, por todo el batey había pasquines y la gente tenía papeletas que anunciaban al gran pícher que tiraba a los dos manos. ‘¡Ay, mi madre, si yo solo tiro a la zurda!’ Se lo explicó a la dirección del home club, pero todo estaba vendido para verlo y es que ellos habían recibido mal el chisme: Alejandro lo que hacía diferente era batear a la derecha.

En su barrio no podía batear por la banda derecha, el right, so pena de atentar contra una casona propiedad privada, por tanto, era obligatorio hacerlo a la diestra, para halar por el left, y así fue como un zurdo tuvo que acostumbrarse a batear a la derecha.

¿Qué hacer entonces? Ganar tiempo. Hizo su trabajo por la mañana, maniató a los moronenses y en el almuerzo decidió hacer una treta. Por la tarde, el pícher se fue al bullpen a calentar y a los pocos tiros con la derecha, en cámara lenta para camuflar cierta descoordinación, hizo gestos exagerados de dolor para fingir una lesión. ¡Así no podía ir al montículo!

No obstante, al menos, la culpa por la estafa no cayó solo en su nombre. La rechifla fue compartida con los promotores, aunque siempre hubo que poner pies en polvorosa porque las piedras de los guajiros y de los pichones jamaiquinos en Baraguá, que no creían en el pícher que lanzaba a las dos manos.

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