Como una de las tantas esporas que se ha desprendido de la isla, Osmel Oliva, ex base de la selección cubana de baloncesto, decidió hacer la maleta y partir hacia la búsqueda de una vida mejor para los suyos, fundamentalmente para su hijo, quien con su llegada le cambió la vida.

Osmel y su familia pueden ser vistos solo como números dentro de la abrumadora cifra de cubanos que no encontraron otra alternativa que emigrar y lanzarse a lo desconocido. Pero todos sabemos que no son una estadística más.

Son, por lo menos, un pedazo de país que se marcha, quebrando algo en aquellos que dejan atrás, encerrados entre cuatro paredes de aguas cálidas en medio del Caribe.

Ellos son microhistorias dentro de una fábula más grande que tiende a repetirse, son consecuencias y reflejos… Son como la canción de Kansas, como el libro de Leonardo Padura: polvo en el viento.

Atrás quedaron el baloncesto, Artemisa, Capitalinos, el Cuba, su madre, su sobrino, el calor… En Las Vegas hace frío, pero también hay muchas luces.

Camino a las raíces

En lo que el nuevo trabajo en un restaurante lo permite, el habanero va contando su historia y se remonta a una infancia tranquila, solo agitada por algunas mudanzas y, por supuesto, por las tardes interminables en el placer de la esquina de la casa donde jugaba a los escondidos con los amigos.

“El deporte llegó a mi vida porque en ese placer, que convirtieron luego en un policlínico, se jugaba de todo: baloncesto, fútbol, a la mano, al taco… Iba gente de casi toda la Habana Vieja y salía de la primaria y me quedaba jugando ahí sin llegar a casa, hasta que mi mamá me iba a recoger.

Muchos chiquillos de la cuadra me llamaban y mi mamá jocosamente les decía: ‘Búsquenlo en su casa’, refiriéndose al placer. Allí estaba hasta tarde”, rememora Osmel Oliva.

Sin embargo, la primera disciplina que practicó Osmel fue el boxeo, hasta que la preocupación de su madre le puso fin a las aventuras sobre el cuadrilátero. “Era bastante bueno y tiempo después me querían introducir en la Eide, pero mi mamá no estaba de acuerdo, decía que el boxeo desfiguraba el rostro y no quería eso para mí.

Lo dejé y empecé en pelota, en el “Pontón”. Una amistad, Hanoi, me llevaba a las prácticas y jugué de short stop. No había mucha regularidad en los entrenamientos y a veces el vecino no me podía llevar, entonces también la dejé y seguí jugando baloncesto en el placer”.

En la secundaria y viviendo en el barrio de su abuela, el destino le abrió en definitiva las puertas del baloncesto. “Jugaba en la escuela José Luis Tasende y conocí al entrenador Raidel Díaz”.

“Graciosamente un día le digo que quería apuntarme y me contestó que fuera al día siguiente y, si le ganaba en el uno contra uno a otro muchacho que siempre jugaba ahí, me dejaría entrenar con el equipo”.

“Sabía que podía hacerlo y fui, le gané y desde séptimo empecé en el baloncesto con él. Estuve hasta décimo grado. Hice mis primeras competencias, jugamos contra una escuadra de Puerto Rico y lo disfruté como muchacho al fin. Estaba nervioso también”, recuerda.

La cosa se iría poniendo seria y mientras estudiaba contabilidad le llegó la plaza para ingresar en la Espa de Artemisa Julito Díaz. Debía elegir entre dos viajes que le llamaban la atención.

“El entrenador fue y habló con mi mamá y era lo que yo quería. Ella, como siempre, me apoyó y entré a la Espa con 16 años. Jugué mi primer y último escolar en Villa Clara (7mo lugar). No tuve un mal torneo, pero al ser mi primera competencia de nivel fui el defensa que más balones perdió y eso me marcó en los inicios y me ayudó a tratar de mejorar, de esforzarme para crecer.

“Al inicio en la Espa resultó bastante complejo, pero terminó siendo de las mejores etapas de mi vida, porque se aprende mucho con la convivencia en grupo. Los cambios y experiencias los disfruté al máximo”.

“Llegamos siendo muchachos y había gente más grande, por momentos se hacía difícil. Hubo muchas veces que nos quedábamos sin agua y teníamos que ir a unas pipas, cosas que pasan en las becas”.

“La alimentación era bastante buena. Tuve muy excelentes profesores tanto en lo académico como en lo deportivo. Empecé con Raudel Balaguer y luego con Emilio Merlo, que me enseñó muchísimo”.

Ya en los juveniles Osmel sufrió una de sus primeras decepciones, tras no integrar el equipo de Artemisa en la primera categoría. No obstante, al año siguiente llegaría a las canchas del más alto nivel cubano.

Tres equipos, títulos y el Cuba

En el recuento de esas memorias que por la lejanía física generan aún más nostalgia, Osmel habla con pasión de los primeros pasos en el seleccionado artemiseño, de Lázaro Yoan Sánchez y Onelsis “El Jimagua” González, sus mejores amigos desde que llegó al conjunto. “Me acogieron, siempre hacíamos uno contra uno o jugábamos cartas, dominó. Con todos tuve buenas relaciones”.

Vistiendo la chamarreta de los Toros, el organizador se subiría al podio de la Liga Superior de Baloncesto en tres ocasiones con una plata y par de bronces.

Su desempeño también lo llevó a ser refuerzo de equipos como Pinar del Río o Capitalinos, con los que se consagró campeón nacional y se llevó incluso el premio al MVP de la final con los del extremo más occidental de la Isla.

“La primera experiencia con Capitalinos fue bastante difícil, pero marcó mi carrera deportiva. No es secreto para nadie que todo el mundo aspira a ganarle a ese equipo y cuando jugaba con Artemisa en el TNA igual queríamos vencerlos”.

Osmel Oliva
“La primera experiencia con Capitalinos fue bastante difícil, pero marcó mi carrera deportiva”

“Entonces pasé de ser aquel jugador que deseaba derrotarlos, a integrar ese grupo. Fue un cambio brusco, había grandes jugadores como Taylor García y yo no jugaba casi. En lo psicológico me chocó, porque lo podía hacer bien y al otro día no salir al tabloncillo, sin embargo era una experiencia importante”.

“Entrené con Miguelito Calderón, uno de los mejores directores que tuvo el país y con él aprendí mucho. Pero no jugaba y hubo momentos que pensé dejarlo, porque mentalmente estaba muy afectado”.

“Amistades como Luis Alberto ‘El Goyo’ Hernández me explicaron que así era la vida en el baloncesto. Mi mamá me apoyó y se puso fuerte conmigo, porque estaba decidido a irme y no me dejó.

Me dijo: ‘Si dejas el deporte, conmigo no cuentes para más nada’. Yo había dejado los estudios, así que parar sería como empezar de cero. Al final continué, obtuvimos medalla de plata, luego gané otra plata y en el 2010 logramos ser campeones”.

Tras la vitrina que fue Capitalinos, llegó la oportunidad de pasar a la preselección nacional, donde Osmel ya había participado como invitado.

“Ganamos la LSB y jocosamente Miguelito Calderón me comentó: ‘Quién te iba decir a ti que ibas a ganar con Capitalinos, siendo el regular, e ibas a integrar la selección nacional’. Me quedé sorprendido, porque la primera parte ya la estaba viviendo, pero todavía no se había hecho el equipo nacional”.

“Cuando llegó la noticia fueron tantas emociones que me sentí increíblemente feliz. Eso era todo para un deportista. No sabía qué hacer, si gritar o saltar, llorar… mantuve la calma y al entrar a casa le conté a mi mamá y me abrazó. Un momento muy grato”, dice Osmel Oliva.

“Luego empezaron los entrenamientos y tuvimos una excelente preparación: fuimos a México, donde hicimos una cuadrangular para prepararnos para el Centrobasket, de ahí salimos para Dominicana y jugamos antes de empezar el torneo en el que quedamos en cuarto lugar. Estábamos ganándole a Panamá por dos puntos quedando 24 segundos y perdimos el pase a los Panamericanos”.

Este fue un resultado importante para él, pero haber estado en el equipo que conquistó una medalla de bronce en los Juegos Centroamericanos y del Caribe de Barranquilla 2018, le llena el alma.

“Ha sido lo más grande de mi carrera deportiva. Ese bronce Centroamericano para mí fue lo mejor, como para muchos compañeros. Incluso sentí que podíamos más. Llegamos a Barranquilla súper mentalizados de que era el evento nuestro. Queríamos pasar a la final”.

Empezamos frente a Dominicana. Le estuvimos ganando por casi 20 puntos y perdimos en tiempo extra. Entramos al camerino discutiendo entre todos, molestos…

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Luego le ganamos a Bahamas y vino el choque con México que estaba con todo el mundo: Ayón, Gutiérrez, Paco Cruz y fue un partidazo, los vencimos y al otro día jugábamos la semifinal contra Colombia, que descansó y vio nuestro partido. De verdad que nos estudiaron a perfección.

“Sin ánimos de justificar, en el juego contra los colombianos una gran parte del equipo sintió el cansancio de un partido intenso a nivel extremo contra México. En lo personal también tuve unas molestias en el muslo izquierdo y así tuve que jugar con una venda la semifinal y la discusión del bronce.

Perder con Colombia fue un batacazo, pues al derrotar a México sentíamos que estábamos cumpliendo el sueño de discutir el oro.

“Al caer, fuimos a los cuartos tristes, pero nos reunimos y teníamos que quitarnos la espinita con Dominicana y se dio otro choque intenso en el que gracias a Dios nos llevamos el bronce. Para mí resultó espectacular ese momento.

Quito todas las actuaciones individuales y eso lo pongo por delante. Un bronce centroamericano lo pueden minimizar; sin embargo, para el baloncesto es una medalla de honor, sacrificio, de tantas cosas por analizar, que para mí es lo mejor que tuve, lo disfruté muchísimo, sintiendo que pudimos pasar a la final y ganar.

Tener una medalla con tu país a ese nivel provoca sentimientos indescriptibles”, sentencia.

El Salvador y Nicaragua: hora de otro baloncesto

Con el club Rápido La Unión, Osmel Oliva probó por primera vez las sensaciones del baloncesto profesional en El Salvador. Después, en esa nación, pasó por Metapán, Águila San Miguel y Brujos de Izalco, alternando con las entidades nicaragüenses Costa Caribe y Universidad Nacional de Ingeniería.

Su última incursión la hizo en tierras salvadoreñas con los Fantasmas de San Vicente, dejando actuaciones que confirmaban que todavía estaba en forma.

“Mi primer contrato se dio para El Salvador. Un cambio bastante bueno para mí. Ya cuando llegas a un equipo profesional nadie te va a decir lo que debes hacer y si no rindes partido por partido te van a sustituir, porque es un club que te está contratando para tener resultados”.

“Tienes que ir al gimnasio, realizar las sesiones de tiro luego por la tarde. Nadie te va a tocar la puerta para que lo hagas. A lo mejor te encuentras un entrenador que tiene afinidad contigo y puede aconsejarte, pero no es la tendencia. Llegué a El Salvador mentalizado para eso y fue una experiencia muy linda tanto allí como en Nicaragua”.

“Muchos piensan que esos torneos son de bajo nivel y no lo creo así, porque asisten jugadores de selecciones nacionales y atletas de méritos.

Los nacionales de nosotros comparados con los de ellos son mucho mejores, no obstante, allí tienen la posibilidad de integrar tres extranjeros y eso mejora muchísimo el torneo y eleva el techo de los jugadores nativos: cuando traen a un extranjero a tu posición y ves que no puedes jugar, te impulsa a querer mejorar, porque tú tienes que ganar minutos. Esas cosas desarrollan la liga”.

En su opinión la política de contratación no va a ser la que salve al baloncesto cubano. Si bien ayuda, todo podría hacerse de una forma más adecuada.

“Dicen que los contratos son la solución para elevar el nivel de los atletas y no digo que no sea verdad, aunque deben ser a temprana edad, así es como mejoran a los basquetbolistas. Mi primer contrato fue cerca de los 28 años y ahí todavía aprendes cosas pero no es que a esa edad tengas tanto por desarrollar.

Evolucionas cuando tienes entre 18 y 22 años. El jugador cubano llega a una etapa en que necesita crecer y cómo se logra: con roce internacional, jugando en clubes internacionales a una edad en la que llegas al techo en tu país. Si en ese instante sale, aprende. Siento que si hubiese salido más temprano hubiera mejorado y tenido la posibilidad de llegar a una liga de mejor”.

Asimismo, piensa que para regenerar el básquet nacional es necesario que no solo salgan de contrato algunos jugadores de la selección cubana. De esta manera el seleccionador tendría un diapasón más amplio a la hora de las convocatorias. En este punto, también valora una solución que parece muy difícil de materializar.

“Algo que pudiera implementarse y no creo que suceda en Cuba, sería la inclusión de extranjeros en los distintos equipos de la Liga Superior. Esto le daría un salto de calidad al torneo y los jugadores nacionales, pues los obligaría a trabajar duro si quieren lucir la chaqueta”.

“El extranjero lleva eso a la liga y llega también con una cultura diferente, a veces mala, otras buena, pero, si el cubano quiere agarrar lo positivo, se deja llevar. Si un extranjero arriba a un equipo, va a querer ganar y va a aportar y ayudar al nacional.

“Los contratos son un paso y se ha visto la mejoría, pero somos muy inestables porque no es suficiente que salgan algunos. ¿Y el resto de la preselección? ¿Y muchos jugadores con enorme talento que no están en la preselección cómo explotan esas cualidades que tienen?”, expone.

Su experiencia en los países centroamericanos lo dota de un punto de vista más amplio a la hora de analizar las realidades en los diferentes escenarios, realidades que se extienden a la vida del atleta más allá de los tabloncillos.

“El día a día de un basquetbolista cubano es bastante difícil, porque queremos darle lo mejor a nuestra familia. Son varias horas de entrenamientos diarios. Cuando estaba en el equipo nacional me iba a las seis o siete de la mañana y regresaba siete y pico de la noche”.

“En mi caso, mi mamá se encargaba de las cosas de la casa, pero muchos de los que están en el grupo tienen hijos y deben pensar en la economía de la familia, la alimentación y con frecuencia deben salir de un entrenamiento e irse a trabajar para buscar el plato de comida del hogar.

“Eso es muy duro, pues llegas a una práctica con una parte de la cabeza en la cancha y la otra en los problemas. No te deja dar el cien por ciento y pasa en la mayoría de los jugadores cubanos. En El Salvador y Nicaragua muchos trabajan y practican; pero el club se adapta al horario del atleta y pone las sesiones de entrenamiento sobre las siete u ocho de la noche para que trabaje y pueda llegar a entrenar. Es sacrificado, aunque no tan complejo como en Cuba”, argumenta.

El momento de las despedidas

Como a toda persona, la llegada de su hijo le cambió la vida y lo hizo replantearse muchas cosas. Otra vez se vio ante una disyuntiva: romper con todo e ir a buscar un posible futuro mejor, o seguir ligado al hechizo que le había lanzado el baloncesto. A sus 35 años, con pocos segundos para lanzar al aro, supo que ya había jugado su último partido.

“Tomé la decisión de venir a Estados Unidos porque todos saben la difícil situación económica que está pasando nuestro país y sentía la necesidad de tomar las riendas de mi familia y ser esa persona que los ayudara. Durante gran parte de mi vida deportiva mi mamá se encargó de eso y todavía lo hace, pero creo que desde aquí puedo apoyarla más.

“A pesar de salir de contrato no me sentía en condiciones de ayudar a mi familia económicamente como deseaba. Vino mi hijo, nació mi sobrino y eso te hace pensar en el futuro y velar por el bien de esos nenes que acaban de nacer. Mi opinión, que mucha gente no la comparte, es que aquí creo que puedo darle una mejor vida a mi hijo y por eso lo hicimos”.

Confiesa que resultó muy difícil a la hora de anunciarle la decisión a su gente, que se acostumbró a seguirlo y apoyarlo desde pequeño. El golpe fue duro para todos, y para él más, porque sabía que también iba a perder el básquet.

“El baloncesto es la mujer de mi vida. Yo desayunaba, almorzaba y comía baloncesto. Cuando empecé en el equipo nacional salía y llegaba al barrio a jugar guerrilla al Parque Cristo, cansado, como estuviera.

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Pero me siento conforme con mi decisión, porque llega un momento que hay que poner en la balanza ciertas cosas que pesan más.

“Aún no me he acostumbrado del todo a la rutina aquí en Las Vegas, porque llevo poco tiempo, unos meses. Pero hemos sabido acogernos a este tipo de vida, al cambio de clima, trabajar… y depende de lo que trabajes es el beneficio.

Gracias a Dios he encontrado trabajo y me he adaptado a ello. Me siento bien, mi esposa también, nos apoyamos muchísimo y hablamos todos los días con la familia. Somos felices y ver a mi hijo reír ya me hace sentirme así.

Eso es lo que busco. No me asusto y disfruto. Me gusta esta etapa nueva que estoy enfrentando”.

A pesar de todo, nunca se olvidará de la vida que dejó atrás. Habla con pasión de aquel bronce en Barranquilla, el momento más feliz de su carrera, aunque no deja de mencionar los logros con Artemisa, donde se sentía como Michael Jordan en los Chicago Bulls, y también revela al paso el pasaje más triste, que se sumaba a las reservas que siempre hubo con su estatura.

“Entré por primera vez al equipo nacional en el 2010. Al año siguiente trajeron a un entrenador argentino”.

“En ese momento había un referente en la selección y a la hora de hacer el conjunto el DT le preguntó con qué base él quería jugar y, como es lógico, escogió al atleta de su provincia”.

“Yo me sentía en mejores condiciones, pero me eliminaron ese año del equipo y fue un momento triste, porque no hubo liga y tuvimos una preparación extensa. Lamentablemente se dio esa situación y me afectó muchísimo”.

En las memorias atesora igualmente sus enfrentamientos contra el campeón puertorriqueño de la NBA JJ Barea, y se pregunta por qué se le hacía tan difícil jugar contra el pinareño Yosiel Monterrey.

“Siempre he buscado la manera de ser feliz y creo que hasta ahora he tomado buenas decisiones y he visto el fruto de ello. Pienso que lo único que me faltó fue tener un título a nivel internacional y profesional. Pero soy feliz.

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“Mi hijo me hace sentirme así, es la locura de mi vida. También mi esposa, la familia que tengo: mi mamá y mi abuela que siempre me apoyaron, mi hermana y mi sobrino, ver como disfruta las cosas que con sacrificio le puedo mandar”.

“Escuchar a mi hijo decir papá, ver a mi esposa sonreír al lado mío son cosas que de una forma u otra llenan el vacío que dejó el baloncesto, aunque cuando tenga un momento quisiera jugarlo como pasatiempo”.

Él se considera un tipo humilde que trata de luchar contra lo rencoroso que puede llegar a ser. Al destino no le pide tanto. “Del futuro aquí espero mantener una economía estable, que mi familia y yo nos mantengamos bien”.

“Poder ayudar a los míos en todo lo que pueda, darle a mi hijo todo lo que no tuve en mi infancia y adolescencia y enseñarle a ser un hombre de bien, mostrarle que en la vida todo es sacrificio, mente positiva y deseos de salir adelante y triunfar”.

Ahora la vida parece otra. Pero la lucha es similar. Al final siempre se paga el jodido precio de desprenderse de algo. Lo tomas o lo dejas, como un tiro de tres cuando está a punto de sonar la chicharra.

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Imagen cortesía de Cortesía del entrevistado