“Fueron cuatro años viviendo sin papeles, extrañando a Cuba y a mi familia. Llegó un momento en el cual no sabía qué hacer, si quedarme o regresar”, dice en medio del silencio de quienes lo escuchan, en el pequeño portal de su casa, en La Habana.  

Rememora cuando estaba lejos de su tierra, tratado como un objeto para vender al mejor postor en Dominicana. Habla de la lesión y el agotamiento psicológico; el temor al fracaso; la travesía marítima de siete días sin casi nada para comer; la guardia costera; los días que fue enviado a la cárcel y el regreso a Cuba.

Muchos aficionados lo recuerdan como aquel prometedor pícher zurdo que actuó por los equipos de la capital, quien desapareció de la palestra pública y salió del país buscando un sueño como muchos de su generación.

Años después de estos tristes sucesos, Pavel Pino intenta reencontrar su camino y pudiera convertirse en uno de los repatriados de nuestro béisbol. A pesar de que no fue una estrella en la Serie Nacional, su historia sirve para ejemplificar el drama migratorio que han vivido muchos en la pelota cubana, en su caso matizado por una poderosa odisea personal que lo colocó al borde del abismo.  

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Eduardo González Martínez | Play-Off Magazine Pavel Pino, lanzador cubano. Foto: Hansel Leyva

La génesis de Pavel Pino

Pavel era un niño común y corriente de la barriada de Los Pinos en el municipio Arroyo Naranjo, de la capital cubana. A esas edades las rutinas son bastante simples: ir a la escuela casi todo el día y en las tardes su abuelo lo llevaba a jugar al parque. En una de estas ocasiones ocurrió un hecho que conllevó a que nuestro protagonista se enrumbara en el camino del béisbol.

“Comencé a jugar pelota con mi difunto abuelo, que en gloria esté. Él me llevaba a jugar al Parque de Los Chivos en Poey y allí un día, sin querer, le tiré una piedra que le rompió los espejuelos. A partir de ese momento él y mi padre me llevaron al terreno del Ciro Frías donde en primera instancia me rechazaron porque tenían la matrícula llena. Pero el entrenador Ramón Cairo me hizo un espacio entre sus niños y me dijo que me iba a convertir en un pelotero. Me puso tanto empeño que te confieso que incluso, me puso a lanzar con ambas manos porque tengo esa habilidad: solo soy zurdo para jugar al béisbol.

“Aunque no me gustaba mucho ver los juegos por la televisión, pero sí me fascinaba todos los días ir a entrenar y a jugar. Además de que mi familia siempre me apoyó incondicionalmente para poder hacerlo, mis padres siempre estaban ahí para mí en los partidos sin importar en el lugar que fueran. Sin el apoyo de ellos, no hubiese podido llegar a ningún lado”, cuenta.

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No fue hasta los juveniles que integró el seleccionado de La Habana. Su buen rendimiento lo llevó a estar en la preselección del equipo Cuba juvenil y el equipo Metropolitanos en la Serie Nacional.

Pavel describe su primer año en los Metros como algo que le costó trabajo de asimilar, ya que nunca se creyó capaz de llegar a esas instancias. Sin embargo, ya en su segundo año ganó confianza y pudo tener una excelente temporada con saldo de 9 victorias y 5 derrotas, y pudo participar en el Juego de Estrellas en 2010 con apenas 19 años. Por ello, como casi todos los jóvenes talentosos de La Habana, pasó a jugar con Industriales, el equipo icónico de la capital y el béisbol cubano en general.

“Para mí fue algo muy grande poder jugar con Industriales tan joven, siempre he de estar agradecido de mi mánager Lázaro Vargas, quien me ayudó mucho y depositó toda su confianza en mí, y me dio muchas oportunidades de lanzar. Yo traté de corresponderlo de la mejor manera, siempre estaba dispuesto a salir al montículo en el rol que me pidiera. Fueron años muy buenos en general por la cantidad de momentos especiales que me marcaron. Aunque sin dudas, el que más disfruté fue poder llegar a la final contra Ciego de Ávila en 2012.

“Tiempo atrás, iba al estadio para ver ese tipo de partidos y me preguntaba si algún día iba a estar en el terreno, y ese año el sueño se me dio. Allí no tuve mi mejor desempeño, pero como equipo, de la manera en que llegamos, fue algo tremendo ganarle a ese gran conjunto de Cienfuegos con “Pito” Abreu y compañía, y después ganarle a Matanzas en aquellos siete partidos para poder llegar a la final. Jugar en ese Estadio Latinoamericano lleno te hace sentir intocable, a pesar de que en la final nada nos salió bien, nunca pensamos en la derrota; de esa manera te hace sentir jugar una postemporada con Industriales”, afirma.

Punto de quiebre: la decisión de salir de Cuba

Esa magia que describe nuestro protagonista jamás se volvió a materializar en los años siguientes. Al igual que el conjunto, Pavel Pino tuvo altibajos en su rendimiento y fue bajado a la reserva en varias ocasiones, a pesar de que fue capaz de mantenerse dentro del staff de picheo azul durante el periodo de Lázaro Vargas como mánager. Al culminar esta etapa, decidió abandonar el país rumbo a Haití con la intención de cruzar la frontera a República Dominicana para probarse en otro béisbol, una odisea dolorosa que nuestro protagonista prefiere no rememorar.

Esta determinación de dejar Cuba es un fenómeno común entre los peloteros jóvenes y ha marcado sin dudas la historia contemporánea de nuestro pasatiempo nacional. Pero, en el caso específico de Pavel Pino, circunstancias personales lo empujaron a tomar esa importante decisión en su vida.

“Poco a poco me fui desmotivando, fundamentalmente por todas las veces que me bajaron a la reserva durante ese tiempo. En ocasiones sentí que no se fue del todo justo conmigo y siempre sentí que podía lograr más de lo que había hecho hasta el momento. Entonces, decidí que era tiempo de irme a probar suerte a otros horizontes; quería jugar pelota en otro sitio, que me vieran otras personas, desarrollarme más, cambiar mi mecánica, mi estilo, etc. Entonces esperé que se terminara el sub-23 y me marché a Haití.

“Fue muy duro porque nunca me había alejado de mi familia, de mis amigos, de mi barrio, al no ser cuando tenía que jugar en una provincia o algo. Porque en realidad confieso que en el fondo nunca quise irme, todo eso lo decía de boca para fuera por la frustración profesional y esa contradicción hizo que me costara mucho adaptarme a la idea de la lejanía. Obtuve mi residencia en Haití y pasé con mucha dificultad para República Dominicana, una etapa de la cual no quiero ni acordarme y prefiero no hablar de eso”, afirma.

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La vida del pelotero emigrado

Una vez llegado a tierras dominicanas, con la residencia haitiana en la mano, Pavel Pino estaba listo para convertirse en agente libre y enfrentar así el entramado empresarial del béisbol de las Grandes Ligas, una experiencia sumamente compleja para cualquier jugador latino, más para un cubano sin una noción real de lo que significa la economía de mercado en el deporte.

“Cuando arribé a Dominicana fue como llegar con una venda en los ojos, no sabes realmente quién es quién o si todo lo que te dicen es verdad o mentira. No importa cuántas veces te lo expliquen desde Cuba o cuántas cosas te prometan: hasta que no llegas al lugar no tienes noción de cómo es realmente.

“Inmediatamente, te ponen en contacto con un inversionista, quien te patrocina a cambio de un porciento de tu firma. Ellos son los que hacen el gasto de tu comida, la ropa, el apartamento, los entrenamientos, todos los implementos deportivos, etc. Una vez te preparas por tres o cuatro meses, él llega a un acuerdo con los equipos de la MLB y se organiza un tryout, prueba que puede ser lo mismo hacer una exhibición de bullpen, que un juego organizado con la presencia de varios scouts.

“El resultado de este proceso en cuanto a nivel deportivo fue considerable, pues llegué a marcar 93 mph, velocidad que para un zurdo no es nada despreciable. Sin embargo, nunca pude firmar a causa de las malas decisiones que tomaron mis inversores; ellos querían más dinero del que les ofrecían por mí y me frustraron dos ofertas de contrato de los Astros y Dodgers respectivamente. A estas personas, como ya tienen lo suyo y su vida hecha, solo les preocupa ganar más dinero.

“De esa manera, les han tronchado el futuro a muchos peloteros cubanos. Te aseguro de que a todos los que se han ido les han ofrecido algún contrato y por culpa de este tipo de personas no lo han logrado. Porque otra cosa que sucede es que mientras más te ven, más te tiran para un lado; o sea, tienes que tratar de firmar rápido y hacerlo lo mejor posible en la oportunidad que tengas. En mi caso, ese proceso duró cuatro años en los que estuve entrenando sin parar, pero sin jugar de manera regular y esa falta de roce competitivo me afectó también”, dice.

Pavel Pino
Eduardo González Martínez | Play-Off Magazine Pavel Pino, lanzador cubano. Foto: Hansel Leyva

La odisea

Sentimientos como el desarraigo y la lejanía de los seres queridos son normales entre los emigrados de cualquier latitud. Sin embargo, la frustración y la sensación de estancamiento siguen siendo el principal móvil para tomar una decisión o emprender un camino determinado.

“De tanto entrenar sufrí una lesión en el brazo: entre el dolor y el agotamiento psicológico, ya no quise lanzar más, era lo mismo todos los días. Me hice varios chequeos y el jefe mío decidió dejarme en libertad. Llamé a mi familia y les comenté que no sabía si regresaba a Cuba o me iba para los Estados Unidos. Mi tío, quien vive en ese país, me dijo que, si yo quería, él me mandaba el dinero y cogía una lancha de Dominicana hasta Puerto Rico. Entonces, decidí intentar esa variante, pues no quería regresar a Cuba con las manos vacías y me gustaba la idea de realizar otro cambio en mi vida, trabajar en otra cosa.

“No le dije nada a mi familia en Cuba, porque eso es un tema muy delicado. Tú no sabes qué puede pasar, si vas a quedar con vida o cualquier cosa. Estuve como un mes y pico escondido porque es lo normal del proceso. Hay que esperar a que el mar esté en condiciones para poder salir. Cuando todo estuvo listo, salimos por La Romana rumbo a Puerto Rico, a la isla de La Mona, específicamente. Éramos dieciocho personas en un bote normal con un motor Yamaha.

“Estuvimos siete días en el mar, aguantando sol, lluvia, comiendo solamente pan y agua, que era lo que teníamos. Llegando a la isla nos cogió la guardia costera americana y ahí me dije a mí mismo que se me había terminado otro sueño más. Nos subieron al barco, nos cambiaron de ropa y allí nos tuvieron tres días esperando a que la guardia costera Dominicana viniera a recogernos. La comida era en un plato muy chiquito y eran trece granos de frijoles contados por mí y media cucharada de arroz: eso era desayuno, almuerzo y comida los tres días que nos tuvieron allí. También parece que el agua que nos daban tenía algo para que nos durmiéramos, porque nos pasábamos el día entero dormidos.

“Ya de regreso en Dominicana nos llevaron para la Marina o el M-2, como le dicen allá, para registrarnos y preguntarnos por dónde salimos y quién nos sacó. Ahí tú no puedes decir la verdad porque ellos están buscando quiénes hacen ese tipo de cosas. Después nos metieron presos en la cárcel de Haina a donde llevan a la gente que emigra por ahí y estuvimos veintiséis días presos. Hasta que a todos los que estaban conmigo allí los deportaron para Cuba y yo me salvé porque estaba casado por papeles allá. Entonces, mi tío pagó la penalidad y salí libre.

“Después me hice un tratamiento de células madre en el brazo, me recuperé y volví a entrenar otra vez y estuve así un año más. Por esa época comencé a trabajar en una tienda de productos de gimnasio y también empecé a prepararme como entrenador. Entonces, decidí venir a Cuba hasta que se resolvieran mis papeles allá de forma definitiva”, narra.

El regreso

Pocas cosas generan más pasiones en un emigrado de esta isla que hablar de Cuba, ese pedazo de tierra que nos vio nacer y por el cual siempre sentimos algo, de una forma u otra. Nuestro protagonista no escapa de esto al describir su experiencia personal con el regreso después de tantos años, sus planes de cara al futuro y su opinión de qué se debería cambiar para que sea un lugar mejor.

“Mi regreso a Cuba fue lo mejor del mundo, no puedo decirte otra cosa. Llevaba mucho tiempo sin ver a mi familia, a mis amigos, a mi barrio; fue algo tan especial que es difícil describir todo lo que uno siente. Ahora, es inevitable pensar cuando pasa el tiempo y no puedes comer algo que quieras porque simplemente no lo hay, o no tienes internet, que es algo que se convierte en un vicio. No pude evitar sentirme intranquilo mientras estuve aquí. Pero no sería sincero si dijera que no me gusta estar aquí con los míos.

“No obstante, en este tiempo fui a hablar con Arlyn Zamora, el comisionado de La Habana para volver a jugar. Me dijo que no había ningún problema, que solo tenía que repatriarme. Entonces, comencé a jugar la provincial con Arroyo Naranjo bajo la dirección de Rudy Reyes. Ya estaba en la preselección de Industriales, pero me coincidió en fecha para ir a renovar los papeles en Dominicana y no me iba a dar tiempo a regresar.

“Ahora mismo tengo dos metas en la vida: una es seguir trabajando y salir adelante allá; la otra regresar a jugar con Industriales, que es una de mis principales aspiraciones en el futuro. Cada vez que vengo y paso por el terreno del Ciro Frías y veo a mis amistades, la nostalgia es muy grande. Si Dios quiere, voy a prepararme bien para estar listo en agosto para jugar en la Serie Nacional. Hace seis años que no juego en una liga oficial”, explica.

¿Qué le gustaría a Pavel Pino que cambiara en Cuba?

A mí me gustaría que a los deportistas los dejen jugar en la liga que quieran, eso no hace ningún daño. Lo principal que tenemos los cubanos es que amamos nuestra tierra. Uno nunca abandona su tierra del todo porque aquí es donde uno nació, donde jugaba en la esquina con un palo. Ya lo están empezando a hacer, gracias a Dios, y espero que se mantenga así y se amplíe a todos los que quieran.  En definitiva, si tu dejas a la gente salir y jugar afuera sin problemas, todos van a regresar.

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