La llegada a sus manos de una cinta de video le metió el baloncesto en la sangre. Su papá la había traído de una misión en Ecuador y al reproducirla, Santiago Alain Peñalver quedó flechado por ese mar de talento que se concentraba en los minutos de aquel casete. Los espectáculos de la NBA y sus protagonistas dejaron en él una sensación inigualable.

Ese niño, con el paso del tiempo, se hizo basquetbolista, vistió la camiseta de Capitalinos y no pudo llegar a la selección nacional. Tal decepción lo obligó a dar un giro total a su forma de ver la vida. Entonces, despojándose de todo tipo de ataduras, decidió partir hacia Ecuador y más tarde establecerse en Perú, donde lleva más de cinco años.

Allí, Santiago Alain Peñalver dice haber encontrado una conjugación perfecta entre el deporte, el trabajo y la familia. En sus palabras hay felicidad, nostalgias y también reproches, con la esperanza guardada de regresar algún día a la tierra que lo vio nacer.

Pre-Game

Santiago Peñalver nació en 1988 y creció en la barriada habanera de Jesús del Monte, en el municipio 10 de Octubre. Se recuerda jugando al “cogío”, a los escondidos y, por supuesto, al béisbol.

“Es un deporte con el que crecemos, viéndolo a cada hora, y todos queríamos ser peloteros. Mi papá también deseaba que yo fuera pelotero y me llevó al centro deportivo Butari –cuenta entre risas–. Me fue muy mal ese primer día: no veía la pelota, por poco me cae un fly en la cabeza… Entonces, me dije que no podía ser el béisbol y empecé a practicar baloncesto en el San Carlos, en Santos Suárez”, cuenta.

De esa forma, sin una calidad superlativa, pasó por las categorías de la pirámide y entró a la EIDE sin merecerlo, más por un gesto de amor y confianza ciega de su padre, que por el talento que tenía en aquellos momentos.

“Antes me costaba un poco de trabajo hablar de esto, pero ahora lo hago honestamente con mucho orgullo. En realidad, yo no tenía el nivel ni estaba entre los mejores atletas que debían ser seleccionados para entrar en la EIDE, sin embargo, mi papá era el jefe de cátedra del baloncesto e hizo lo imposible para que yo entrara a la beca. Y fue una etapa muy bonita que me enseñó para la vida que trabajando y entrenando cada día todo se puede”, dice.

Con el visto bueno del entrenador Bárbaro Betarte, Santiago Peñalver estuvo becado cinco años en la EIDE, antes de pasar otros cuatro en la ESPA Nacional. Los inicios resultaron muy duros, pues aparte del cambio de vida, tuvo que lidiar con las burlas generadas a raíz de su polémica entrada a la escuela.

“Mis primeros momentos allí en la ‘Mártires de Barbados’ fueron impactantes. El día uno llamé a mi papá y le dije que quería irme. Extrañaba mi casa, a mi mamá, todo. Tenía 11 años y era complicado adaptarme. Mi vida cambió por completo. Me hice más responsable, porque se presentaban todos los días problemas e inconvenientes que había que resolver: no había agua, hacía mucho frío y no querías bañarte, tenías hambre y había que entrenar… Miles de cosas que viví y doy gracias, porque me han servido para todo después. Siempre hubo carencias y desgraciadamente teníamos que afrontar eso”, recuerda.

jugador cubano de baloncesto Santiago Peñalver
Cortesía Jugador cubano de baloncesto, Santiago Peñalver

¿Qué implicaciones tuvo esa entrada inmerecida en la EIDE?

Me sentí muy mal, porque obviamente los compañeros de equipo sabían que yo no tenía el nivel. Eran niños y a veces había crueldad a la hora de decir las cosas. Se comentaba mucho que yo no tenía que estar: “¿Por qué no está mi amigo?”, “Que tú entraste por tu papá”. Todas esas cosas me dolían mucho. Y agradezco eternamente la confianza, los consejos de mi familia que me impulsaban a entrenar. Aunque sí me afectó bastante tener que lidiar todos los días con eso, que no dejaba de ser verdad, pero me fastidiaba.

Con la ambición de callar bocas y ser cada día mejor, Santiago Peñalver convirtió aquellos fastidios en combustible para salir a combatir con esa realidad diaria que hubiera doblegado a cualquiera.

“Esa situación poco a poco la revertí y la utilicé para evolucionar. Me daban más deseos de entrenar, no dejaba de hacerlo, quería mejorar y fui perfeccionando mucho mis habilidades técnico-tácticas, hasta alcanzar un puesto de titular. Fuimos a los Juegos Escolares, quedamos campeones y me hicieron la captación para el equipo nacional juvenil. Estar entre los trece mejores jugadores del país fue para mí una cosa de locos”, afirma.

Capitalinos: divorcio y reconciliación

Tras cuatro años en el equipo nacional juvenil, no pudo cumplir su sueño de vestir la franela de Capitalinos, la misma que habían defendido sus primos Roberto Carlos y Ruperto Herrera Jr. No obstante, el objetivo se lograría más temprano que tarde.

“Estuve en la preselección ese año, no hice el grado y fui a los Metros. Jugué el Torneo Nacional de Ascenso y tuve tan buen rendimiento que esa misma temporada me pidieron de refuerzo para Capitalinos, y solo tenía 18 años.

“Vestir esa camiseta fue increíble, por la historia que poseía el conjunto y las grandes figuras que habían pasado por ahí. Creo que todo basquetbolista de La Habana aspira a llegar, es como el Industriales del baloncesto cubano. Y estar ahí, representando a la capital, jugando en aquellos escenarios que se llenaron, era un sueño hecho realidad”, expresa.

Sin embargo, llevar lo colores de Capitalinos resultó un eufemismo, pues prácticamente no vio minutos en cancha y en varias ocasiones no pudo ni ponerse el uniforme al quedar fuera de las convocatorias.

“Había llegado con muchas expectativas, realicé un buen torneo de ascenso y no jugué casi nada. Venía de disputar 35 o 37 minutos en Metros y en Capitalinos jugaba un minuto o no jugaba y a veces ni me vestía. Se hacía frustrante, pero a la vez seguía con el aquello de que ya estaba en el equipo. Se acabó esa temporada y empecé a entrenar. Al otro año hice el grado y una vez que comenzamos, sucedió lo mismo y no era lo que quería. Para mi desgracia también tuve una lesión en el tobillo que me alejó por un mes y medio de los tabloncillos y cuando regresé, el profesor Miguel Calderón decidió dejarme fuera del grupo, lo que colapsó una amistad con él y todo tipo de vínculo con el equipo. Me perdí esa liga y dije que iba a jugar por Metros”, manifiesta.

Dos años en Metropolitanos sirvieron para que se consolidara como uno de los bases de referencia en el país. En ese lapso pudo desarrollar su idea de juego, dispuso de muchos minutos en la cancha y reforzó primero a Villa Clara y luego a Guantánamo, donde dejó varias de sus mejores actuaciones y estuvieron a un triunfo de llegar a la final en resultado histórico para la provincia.

“Al terminar esa liga, el profesor Miguel Calderón se acercó y me dijo: ‘Compañero, usted es el base de la capital’, y me dio un uniforme en las afueras de la sala polivalente. Yo, después de haber estado tanto tiempo sin hablarle y muy resentido, entendí que sí, que era el momento y fue como regresé. De cierta manera limamos las asperezas, comencé a ser el titular, jugaba muchísimos minutos y empezamos a tener una excelente relación”, explica.

¿Qué fue lo mejor y lo peor del paso por Capitalinos?

Llegué como cuarto base y acabé siendo titular, discutí finales a estadio lleno… Esas cosas marcaron un antes y un después en mi carrera.  Lo malo, que me fui sin haber ganado un campeonato.

¿Cuán compleja era la vida fuera de las canchas?

Muy difícil. Ahora que tengo la oportunidad de vivir en el exterior me doy cuenta de que el atleta cubano es uno de los más sacrificados del mundo. El tema de la alimentación, las instalaciones, los implementos, empezando por ahí estamos mal. Es muy complicado estar en una preparación y tener que despertarte a agarrar un camello, era terrible, y después tratar de llegar en tiempo y cumplir. Terminabas de entrenar muerto del hambre y te servían en una bandeja un poco de arroz, frijoles, mortadela o un pedacito de pollo… Son cosas que ahora las pienso y se tornan impresionantes.

Y así tener que salir al terreno, a grada llena, e intentar darle una alegría al público que iba a verte, que no conocía ni la mitad de los problemas que tú tenías. A lo mejor en la casa no había comida, ni había nada y debías ir igual a jugar el partido y hacer las cosas de la mejor manera posible. En cuanto a las condiciones era terrible. Lo positivo estaba en el reconocimiento del país, la ciudad, el barrio. A donde quiera que llegábamos se nos daba mucho cariño.

A lo largo de la carrera, ¿con cuáles entrenadores tuvo mejor química?

Mi primera sensación de haberme sentido bien como jugador fue con el profesor Bárbaro Betarte, en la EIDE. Me dio la confianza que no tenía y le agradezco la formación que tuvo para conmigo, es uno de los principales artífices de mi desarrollo. Después, Rainel Panfet, que me permitió crecer sobre todo en aspectos dentro del partido que yo no ejecutaba normalmente como los lanzamientos y ser un poco más ofensivo. También tengo que mencionar al profesor Manuel Conde, en Guantánamo, quien me dejó jugar como yo quería, lo cual sucedió en la segunda etapa con Calderón.

Viene de una familia de deportistas. Si tuviera que formar el atleta ideal con las cualidades de cada uno de ellos, ¿cómo lo haría?

¡Wow!Esta pregunta nunca me la habían hecho –sonríe–. Le pondría el coraje de mi tío José Modesto Darcourt, el físico de mi primo Ruperto Herrera, el talento de mi primo Roberto Carlos y mi hermano Yosvani Peñalver y la inteligencia y la sabiduría de mi papa Juan Santiago Peñalver. Creo que sería un jugador magnífico.

Destino final: Perú

Tras unas buenas temporadas desde el punto de vista individual y llegando a finales con el equipo de Capitalinos, la no convocatoria a la preselección del equipo Cuba era una situación que no le permitía estar completamente realizado.

Santiago Peñalver pensaba que había hecho los méritos para ser llamado, pero siempre aparecía una justificación distinta para su caso. Con ese panorama, estancado, se convenció de que era la hora de buscar nuevas metas.

“Lo que me llevó a tomar la decisión de salir del país fue la frustración de no haber sido llamado a la preselección en siete u ocho años que estuve jugando liga superior. Considero que en algún momento se me debió haber dado la posibilidad, de hecho, todos los bases y armadores de mi generación estuvieron. Entonces, o yo era muy malo o algo pasaba. Sin embargo, le doy gracias a esas personas, porque así pude abrir los ojos y llegar hasta aquí. Si me hubieran llevado a la preselección, todavía estuviese en Cuba y no habría resuelto ni la mitad de los problemas que he resuelto en mi vida”, expresa.

¿Cómo se manejó esta determinación en la familia?

La idea siempre estuvo latente, pero yo quería jugar en Cuba, sin embargo, no tenía un objetivo firme allá. Todo atleta deseaba integrar la selección nacional y si ves que no te están teniendo en cuenta, pues tienes que ver otras opciones. De esa forma, me comuniqué con mi papá, le dije que me sentía muy decepcionado y empecé los trámites. MI familia lo tomó bien, porque ellos sabían lo que yo estaba sufriendo y lo que me lastimaba la situación.

Llegué a Ecuador y todo era distinto. Presencié como se entrenaba a nivel profesional. Integré un gran club como el CKT, hice seis meses de preparación increíbles: mejoré mi físico, mi tiro y empecé a ver la vida de otra manera. Tuve la oportunidad de jugar la liga y rápidamente llegó una oferta de Perú que supuestamente era para jugar cinco meses y aquí llevo seis años.

Quedarse en la nación andina no estaba en los planes de Santiago Peñalver, pero a veces las sorpresas inesperadas son más gratas que seguir una monótona ruta en la que se calcula cada resultado. 

“Tenía la perspectiva de estar el tiempo que me pidieron y regresar a Ecuador, pero allá comenzaron unos problemas en la liga y me di cuenta de que aquí también había básquet y se abrieron puertas. Aparte de jugar con mi club se me dio una oportunidad laboral en un colegio privado como entrenador y la acepté.

“Era una decisión difícil, porque tenía posibilidades de seguir jugando en el área de América, pero los años que estuve lejos de mi hijo y su mamá los sufrí bastante y determiné sacrificar mi vida deportiva por estar con ellos. Aquí iba a tener un hogar, juego nada más aquí, y a la larga me salió bien, porque pude traerlos y estar juntos en este país que me ha acogido superbien”, afirma.

En Perú, Peñalver vistió los colores del club Ejército de Lima, y quedó entre los cuatro primeros lugares, para después incorporarse a un proyecto soñador del conjunto Liga Claretiana.

“Es un equipo que no estaba clasificado en liga superior, pertenecía a segunda división y por un excelente trabajo de nuestro presidente José Breña fuimos trabajando año a año y clasificamos ganando el torneo de ascenso. Luego estuvimos entre los ocho primeros, después entre los cinco y el último año quedamos en un increíble tercer lugar”, dice.

Cuenta que la vida allá es dedicada al baloncesto, jugando y entrenando en el colegio. Además de esto, creó la Academia Cubana “Santiago Peñalver”, la cual ha tenido una buena aceptación, y continúa preparándose por si el futuro le depara alguna sorpresa como atleta.

Jugar con la selección nacional de Cuba podría aparecer como una posibilidad, pero en su opinión, está muy difícil, a pesar de que una de las mayores decepciones que guarda es la de no haber podido vestir el uniforme de las cuatro letras.

“Claro que representar al país es el sueño de cualquiera. Yo me fui de manera legal, pero creo que las cosas están muy complicadas allá. Demasiada mala organización, no solo lo digo por mí. Hay muchísimos jugadores jóvenes que no residen en Cuba que están listos para ir. Haríamos una selección muy buena. A veces se es injusto, se dice que los deportes están decayendo y cuando te pones a ver a nivel internacional tenemos dos equipos nacionales jugando. El país se debe organizar en ese sentido y darles la oportunidad a los cubanos que quieren vestir ese uniforme”, manifiesta.

Estando lejos, confiesa que ahora valora mucho los momentos felices que vivió con sus compañeros dentro y fuera de la cancha, aunque afirma con seguridad que en Perú encontró todo lo que estaba buscando.

“Pude llevar mi juego a otro nivel, ver a dónde podía llegar, satisfacer mis necesidades personales como deportista y como persona.  Sueño con seguir creciendo en lo profesional. A medida que pasa el tiempo pienso más como entrenador. Tengo muchos proyectos y me gustaría ser un gran preparador en el futuro. Soy muy feliz, estoy con mi familia y me hace feliz poder trabajar en lo mío. Es una bendición”, refiere.

¿Regresaría Santiago Peñalver?

Sí, porque es donde nací y están mis costumbres, mi gente. He tenido la suerte de encontrar personas maravillosas aquí, pero lo de uno es lo de uno. Me gustaría regresar, vivir allá y poder hacer todo lo que hago acá. Sin embargo, para eso tienen que cambiar y desarrollar un montón de cosas.

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