Esta semana concluyó el “juego de democrático” de la Dirección Nacional de Béisbol. En un cofre con férreos candados se guardaron los planteamientos que clasificaron de más de 1200 intervenciones recogidas a lo largo de la Isla de gente que de alguna manera se relaciona con este deporte.

La anunciada consulta popular llegó a su fin después de varias reuniones por todas las provincias donde asistieron, según partes oficiales, más de 3500 personas y se recibieron varios correos a la dirección que el organismo puso a disposición de los aficionados y en estos momentos “una comisión de expertos ya se encuentra procesando todo el material recopilado para trazar las estrategias futuras”, según informaron a los medios locales.

Siempre he sido enemigo acérrimo de los formalismos y este me parece uno más, teniendo en cuenta la poca cantidad de opiniones recogidas en esas reuniones (menos del 0,01% de la población), la escasa recepción de correos (se habla de un poco más de 300), y el total secretismo que caracterizaron los encuentros provinciales, porque en algunos lugares se les retiraron los celulares a los colegas de la prensa y se les prohibió publicar sobre los debates allí acontecidos.

“La reunión aquí se efectuó duró más de tres horas y a la prensa se le permitió el acceso, pero como al resto de los participantes no se nos permitió grabar nada ni reportar qué efectivamente se dijo en el encuentro…”, me confesó un periodista local de la región oriental que prefirió mantenerse en el anonimato.

“Nosotros protestamos, pero no públicamente sino por interno. Hacerlo públicamente hubiera sido un suicidio, la soga siempre se rompe por el lado más flaco”, dijo.

Mal comienzo para un proceso que debería haber sido muy transparente, de puertas abiertas, sin miedos ni tapujos, sin complejos y muy receptivo, porque el béisbol cubano necesita de esa sabiduría popular, de oxígeno, de mentes frescas que realmente sufran por él y quieran volverlo a poner en el altar que le pertenece por derecho propio.

Son nuevos tiempos, los verdaderos remedios que un día le devolverán la salud a nuestro deporte más querido, a ese que nos levanta el orgullo y que recoge entre batazos y fildeos nuestra esencia misma como nación y nuestra idiosincrasia, están al alcance de la mano en las redes sociales, se ofrecen gratis en las peñas deportivas, están en el aire viciado de los estadios y en las esquinas de cualquier barrio de Cuba, y hasta ahora nadie las ha querido recoger o asimilar.

Los que amamos este deporte estamos hartos de palabrerías y tiempos perdidos, esto es urgente porque la eternidad se nos acaba. Nunca podremos lograr el objetivo con mentes cerradas, con dirigentes reacios a cambios, con paranoias ni cobardías.

El béisbol no es de nadie en particular, es de todos nosotros como la patria misma y no podemos permitir ni que excluyan de programas televisivos a colegas por expresar su opinión ni que le tiren la puerta en las narices a nadie que vengan con una idea sincera o con una propuesta loable para acabar de sacar a nuestro deporte nacional del bache donde se encuentra hace varios años.

Las consultas deben ser eternas si realmente están dispuestos a abrirse al mundo y estar a la par con las tendencias del deporte mundial. La Dirección Nacional de Béisbol debe crear una comisión encargada de mantener operativo un puente de retroalimentación que los guíe a diario por los buenos caminos sin desdeñar a nadie. Pensar como país es la tónica de estos tiempos. Nos vemos en el estadio.