Desde que terminaron los Juegos Olímpicos de Tokio 2020, los días recobraron su dinámica común y atrás quedaron las emociones fuertes que animaron a los seguidores de los deportistas cubanos que vieron acción en los Juegos Olímpicos de Tokio 2020.

Mientras algunos antillanos que compitieron por otros países dejaron buenas actuaciones, con varias medallas -como el oro de Pedro Pablo Pichardo por Portugal-, la delegación de la isla quedó anclada en el puesto 14 del medallero, gracias a 15 medallas: 7 oros, 3 platas y 5 bronces.

Este puesto en la cita estival en Japón invita a lanzar campanas al aire, por el hecho de superar los pronósticos precompetencia, con importantes actuaciones, pero hay que mirar más profundo hacia el interior del movimiento deportivo cubano.

Si bien es cierto que para muchos hay motivos de celebrar, detrás del esplendor de tal hazaña aparecerán los discursos triunfalistas de los mismos dirigentes que fueron testigos del descenso de Cuba al sexto lugar de los Juegos Panamericanos en Lima 2019, y al segundo puesto en los Centroamericanos y del Caribe de Barranquilla, 2018.

Los jefes de oficinas y camisas a punto de estallar intentarán esconder los problemas del movimiento deportivo cubano detrás de 15 medallas y un relevante puesto en la tabla de posiciones general, que supera los dos eventos precedentes en Londres 2012 y Río 2016. Ahí radica lo contradictorio de las sensaciones, el motivo para no ser completamente felices.

El dañino triunfalismo pudiera llevar a que se mantenga el mismo contexto de condiciones precarias que muchas veces sufren los deportistas, quienes obtienen los resultados sin que tengan todas las atenciones necesarias. Además, habrá quien siga lucrando con el sudor de hombres y mujeres que se esfuerzan cada día para que el nombre de Cuba siga alto en el olimpismo.

Por tanto, resulta totalmente necesario comentar la actuación de Cuba en Tokio 2020, porque las importantes victorias no deben maquillar el trasfondo del deporte antillano, que viene experimentando un declive desde hace años.

De las 47 disciplinas olímpicas que tuvieron lugar en Tokio 2020, Cuba intervino en 14, con evidentes ausencias de los deportes colectivos, como el caso del pasatiempo nacional, el béisbol.

Pese a tener una de las delegaciones más reducidas en décadas, en el transcurso de la cita la delegación obtuvo 15 medallas en siete deportes; distribuidas en siete de oro, tres de plata y cinco de bronce.

Los deportes acreedores de medallas fueron el Taekwondo (una de bronce), el Judo (una de plata), el Tiro (una de plata), el Piragüismo (un oro), la lucha  (dos de oro y una de bronce), el atletismo (una de plata y dos de bronce) y el Boxeo (cuatro oros y una de bronce).

Tras conocer esos resultados cuantitativos, sorprendentes en una primera revisión y totalmente fríos cuando se comienzan a interpretar, se entiende que la delegación vivió sorpresas, decepciones y en otros momentos simplemente transcurrieron sobre el rango de lo esperado.

No fueron pocas las emociones. Tal vez, las menos esperadas fueron las de el luchador, Luis Alberto Orta y la canoa biplaza de Fernando Dayán Jorge y Serguey Torres. Dos preseas que nunca estuvieron en los planes, al menos no para teñirse de oro.

Otro que sorprendió, aunque en menor medida, fue Leuris Pupo, otrora campeón olímpico en Londres 2012 y finalista en Río 2016. El holguinero llegó al evento con pronóstico reservado, pero después de estar entre los seis finalistas, se impuso su maestría, para adjudicarse el segundo metal olímpico, esta vez plateado.

Mientras, el boxeo, el deporte que se encargó de “halar el carro”, de encabezar una delegación que llegó a Tokio, luego de “naufragar” varios meses, con déficit en la preparación y poco roce internacional, hizo su mejor papel. Los pugilistas cubanos garantizaron cuatro preseas áureas y una de bronce.

En cuanto a las actuaciones decepcionantes hubo dos disciplinas que cargaron con mayor peso, el Atletismo y el Judo. Ambos deportes aportaron medallas históricamente a las comitivas cubanas. En esta ocasión, quedaron muy lejos de estar en la élite.

El deporte de campo y pista obtuvo una presea de plata y otras dos de bronce. Después de un análisis más profundo, las dos medallas de oro prometidas por los federativos del atletismo cubano no aparecieron.

Quien más cerca estuvo fue Juan Miguel Echevarría, pero su incapacidad de hacer el mejor salto en la competencia más importante y la lesión sufrida en la final lo relegaron al segundo puesto.

Las tristezas de ese deporte no solo estuvieron ligadas a la imposibilidad de llegar a los distintos podios. Las lesiones, antes y durante el evento, de seis atletas: (Andy Díaz, Triple Salto); (Juan Miguel Echeverría y Maykel Masso, Salto Largo); (Leyanis Pérez, Triple Salto); (Yorgelis Rodríguez, Heptatlón) y (Roxana Gómez, 400 metros planos), hizo que salieran a la luz pública los serios problemas físico de esos deportistas, por una preparación deficiente.

Otra de las comitivas que defraudó en Tokio fue la del Judo. Con la presencia de tres hombres y tres mujeres, solo una pudo colarse en la discusión de medallas: Idalys Ortiz, la abanderada en la sombra, la cubana que cambia de imagen en cada cita múltiple y con cada uno consigue medallas. Ella sacó la cara, no se escondió, no se conformó con su palmarés, quiso ampliarlo y lo consiguió, sumó una medalla de plata a sus vitrinas.

En cambio, el resto de sus compañeros no pudieron. De decepcionante se puede clasificar la actuación de los hombres. Iván Silva y Magdiel Estrada, los de mayor reputación quedaron rápidamente en el camino. Mientras, Maylin del Toro quedó en octavos y Kaliema Antomarchi se batió con las mejores de su división, quedando fuera de las medallas.

Con vistas a París 2024, es evidente que algunos de los medallistas de Tokio serán veteranos que, difícilmente, estén en la cita, como los casos de Mijaín o Idalys. Otros nombres importantes tampoco deberían hacer acto de presencia en el evento.

Preocupa el hecho de que, como sucedió este 2021, el grupo se siga reduciendo aún más, lo cual limitaría las posibilidades de medallas para una delegación que llevó varios clasificados para que compitieran, como meros asistentes, sin posibilidades de preseas.

A pesar de que los resultados fueron buenos en esta ocasión, escuchar que todo está bien sería indignante, pues recordemos que hace años, en los tiempos dorados, Cuba llevaba más de 100 atletas, por solo citar una cifra. Además, preocupa el estado de deportes tradicionales como el Judo, que necesita dar un golpe de timón y recuperar su poderío de antaño.

Alabar a ciegas el desempeño y afirmar que todo está perfecto, que el movimiento deportivo está más vivo que nunca, es uno de los actos de soberbia que se pueden esperar de quienes dirigen el deporte antillano, cuando en realidad deberían analizar -si no saben la causa- del porqué tantos emigran y compiten bajo otras banderas; y ocuparse en revertir los problemas de la práctica física, que ha ido perdiendo la “masividad” que tuvo antaño.

Que los resultados enTokio 2020, más que solo un motivo de propaganda política, sirvan para no olvidar lo que subyace debajo de las medallas.

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