Una de las representantes del baloncesto femenino cubano que más puntería demostró tener desde la distancia de tres puntos fue la villaclareña Gricel Herrera Méndez. Su trayectoria deportiva en el baloncesto data de finales de los años 80, cuando era juvenil. A partir del año 1987 comenzó una brillante carrera, especializada como tiradora principal del seleccionado nacional femenino de básquet.

Oriunda de Esperanza, fue de las protagonistas de su época con participación en tres Centrobasket, tres copas de Las Américas, dos Centroamericanos, dos Panamericanos, dos mundiales y los Juegos Olímpicos de Barcelona, Atlanta y Sídney. Tras su retiro, comenzó una carrera como entrenadora con resultados en Villa Clara.

Gricel Herrera contó a Play-Off Magazine de sus anécdotas durante su paso por el mundo del baloncesto en nuestro país; sus experiencias dentro y fuera de la isla como atleta y entrenadora; así como su papel de madre de Marlon Yant, el talentoso voleibolista antillano campeón de la liga italiana.

¿Qué la inspiró a ser deportista?  

Me inicié en el deporte cuando tenía 10 años. Mi primer entrenador fue Ángel Jiménez Portela, conocido por “Anguilla”, en el área especial de baloncesto de Esperanza, poblado del municipio de Ranchuelo, en Villa Clara. Poco tiempo después me llevaron para la escuela de básquet, pero no me adapté y con 11 años matriculé en la Escuela de Iniciación Deportiva (EIDE) provincial Héctor Ruiz. Jugué los juegos pioneriles, también escolares y participé como integrante del equipo nacional de la categoría 11 y 12. Mi primer año fue en Puerto Rico y el segundo, repetí y fuimos a México DF. 

Mi entrenador de municipio era muy insistente conmigo porque para la edad yo era muy alta, y me ponía mucha atención. Estando en la EIDE pasé por todas las categorías y aprendí mucho con Nelson Delgado Curbelo. Siempre fuimos medallistas en los juegos escolares y juveniles. A los 15 años, me ascendieron para la ESPA Nacional con Rigoberto Chávez Bonora.

No tuve herencia de deportista, solo que yo era muy alta y eso me ayudó para desde temprana edad tener resultados como atleta en los juegos de la Amistad, Centroamericanos, Panamericanos y Mundial en España. En esa época ya comencé a jugar los campeonatos nacionales de primera categoría. Había mucho nivel y paridad, y tuve la dicha de jugar con Leonor Borrell.

Siempre estuve adelantada a mis categorías y todo el mundo me mimaba mucho. Al principio no me daba cuenta, pero después lo hacía a propósito. Tal era así que el entrenador me ponía a entrenar con los varones para que cogiera más nivel.

gloria del baloncesto cubano Gricel Herrera
Foto: cortesía de Gricel Herrera Gricel Herrera, gloria del baloncesto cubano en una época dorada y madre del talentoso voleibolista Marlon Yant. Foto: cortesía de Gricel Herrera

¿Cómo pudo adaptarse a ese nivel superior?

Tuve miedo desde que hice el equipo de primera categoría de Villa Clara porque fue un gran reto y orgullo también. Le debo mucho a Leonor porque me ayudó no solo como atleta, sino como persona. Después en la selección nacional coincidimos. Mi entrenador Miguel Del Río era un poco agresivo. Imagina, estaba en el quinteto regular junto a Leonor Borrell, Odalis Alfonso, María Elena León y Barbará Castillo: todo lo que se perdía lo pagaba yo. No quería jugar para que Miguelito no me regañara (sonríe).    

Siempre fui de las máximas anotadoras, no solo en el equipo, sino en los torneos. Mis contrincantes sabían que éramos las protagonistas y líderes de los elencos y había un respeto. Al jugar mi segundo campeonato nacional, ya Miguelito se comportaba diferente y yo veía todo con más responsabilidad.

Me ayudó mucho la psicóloga Mercedes, quien hoy está en México. Ella ayudó a que yo dejara de tenerle temor al entrenador. Borrell, Lupe, Odalis, todas ellas contribuyeron porque yo era la más joven entre ellas. Todo eso me llevó a crecer más rápido como atleta.

A principio llegué con el ansia de brillar y de jugar regular, pero después lo asimilé y no creo que mi papel haya sido menos importante. Se sabía que el equipo Cuba era rápido y jugaba uno contra uno bien y lo primero que nos hacían los contrarios era ponernos en zona; entonces, ahí yo entraba, y cumplía un papel necesario. Al principio me chocó, pero después lo entendí y me preparaba para eso.

¿Cómo era jugar baloncesto con las condiciones existentes en ese momento?  

En aquel entonces las cosas eran diferentes, no se vivía como estamos ahora. Las condiciones esenciales estaban y no había tanta necesidad. Desde chiquita, me dieron un balón para que me pasara los días jugando en mi casa. En la EIDE existían buenas condiciones para ser atleta, como tenis y otros implementos.

A partir del año 90, con la llegada del Periodo Especial, estaba ya en el equipo nacional. Las carencias fueron generales en todo el país. En el Cerro Pelado estábamos atendidos y después arreció la situación. En el 96 nos recuperamos un poco y no paramos hasta los Juegos Olímpicos. Tuvimos muchas giras junto con las estadounidenses, las chinas, las brasileñas; fuimos a Australia, China y Japón.   

A las mujeres se nos hacen más difíciles las situaciones deportivas. Soy una de las tantas cubanas que han pasado por equipos nacionales y algunas han tenido muchos y mejores resultados que yo. Lo veo como alguien que jugó baloncesto, le gustó su deporte y quería tener resultados y se sacrificó por lograrlos, nada de hazañas. Hay muchas mujeres medallistas mundiales y olímpicas que lo lograron con las mismas condiciones que las nuestras.

Cuéntenos sobre la vida una vez que ya estaba establecida al máximo nivel

Dentro del conjunto de Villa Clara ganamos tres veces el campeonato nacional de primera categoría con Miguel Del Río como DT. Estaba Leonor Borrell y al retirarse, Lupe fue estrella y mi aporte fue fundamental secundando a María Elena León. Quedé como líder reboteadora en varios torneos y me asombraba porque no era mi fuerte. En muchos otros eventos ganaba el departamento de los tres puntos, lo que mejor hacía. Las tirábamos todas Lupe o yo. 

En el quinteto cubano no era titular, era la tiradora de tres. Cuando veía que nos defendían en zona no esperaba a que me mandaran a calentar, pues ya estaba preparándome para eso. En los Juegos de Atlanta 96 quedé quinta entre las mejores tiradoras de tres puntos; en el Mundial del 98 fui puntal en ese papel, como también en el panamericano del 99.  

¿Por qué llega el retiro de Gricel Herrera?

Me retiré porque tuve a mi niño con 30 años, una edad suficiente para criarlo, tener mi familia y estabilizarme. Desde La Habana a Villa Clara era un poco difícil ir. Ese año jugué el campeonato nacional y el bebé tenía como cuatro meses. Recuerdo que quedé líder anotadora de tres puntos y fui a la preselección. A los 15 días me senté con José Ramírez, mi entrenador, y le dije que no iba a seguir, porque necesitaba estar al lado de mi hijo y la distancia se me hacía muy difícil.

¿Qué hizo tras el retiro además de la crianza de su hijo?

Cuando culminé como atleta me tomé el primer año de licencia de maternidad y luego trabajé en la EIDE con el equipo juvenil femenino. Estuve tres años en Venezuela, y al regreso, estuve laborando con el femenino juvenil, gracias a un amigo que me cedió para que estuviera con las muchachas.  

Siempre con juveniles, ganamos oro en dos cursos, uno con Yudi Abreu y otro con María Caridad Abreu. Siempre estuvimos en el podio y Villa Clara alcanzaba muy buenos lugares. Logré como entrenadora dos platas, cuatro bronces y dos oros. En el colectivo de baloncesto de Villa Clara, la mayoría éramos conocidos, casi todos exatletas, compañeros y amigos de años.

Me gustaba mucho entrenar, pero a las baloncestistas ya formadas, y enseñarles la táctica, las maldades. No tengo la capacidad de instruirlas cuando son pequeñas. En 2013, me fui a Qatar, en donde estuve por cinco años. Allá tienen toda la infraestructura, las condiciones y la logística, menos el material humano.  

Me fue casi imposible mi trabajo. En la primera competencia asiática fuimos descalificadas. Qatar es un país en donde predomina el Islam, y las muchachas no están facultadas para quitarse la burka o pañuelos, y el básquet tiene reglas internacionales que hay que cumplir: por esa razón no laboré más allá. Yo extrañaba a mis negritas de Cuba, lo juro (sonríe).      

Mi hijo me reclamaba que regresara porque tenía ofertas para ligas profesionales, con apenas 17 o 18 añitos. Necesitaba irme con él. Las ligas duran 8 o 10 meses y yo quería estar con mi hijo y yo no podía estar con un equipo y dejarlo embarcado. Yo era entrenadora.      

Su hijo es Marlon Yant Herrera, uno de los talentos del voleibol cubano

Tuve mi culpa en que él no fuera baloncestista. Traté de desviarlo del básquet. Primero, porque veía que las matrículas eran mayores en el voli y eso favoreció. Además, tenía una ESPA Nacional. Marlon siempre fue un niño alto, jugó pelota en las provinciales pioneriles y el profesor de voleibol lo pidió prestado al de béisbol para que fuera a una competencia. A un mes de haberlo practicado, más o menos, lo vio el comisionado de voleibol, le preguntó si quería irse para la EIDE y él aceptó. Le aconsejé que debía ser serio y empezó en quinto grado.

Le gustaba más el baloncesto. A veces lo iba a ver al terreno y me decían que estaba con el entrenador practicando baloncesto, pero ya después fue cogiendo seriedad y empezó a tener éxitos en el deporte de la malla alta. Es un orgullo tener a un hijo con el talento de Marlon, aunque sufro cada derrota. Estoy contenta de sus resultados y de cómo ha crecido como atleta.

Es bueno que pueda jugar como profesional en la liga italiana y que tenga su vida garantizada económicamente. No obstante, eso tiene cosas que no me gustan mucho porque ven a los atletas como una mercancía y se habla de ellos como si fueran un objeto para hacer negocios; pero así es como se vive en el mundo y tenemos que adaptarnos y tomar lo bueno.

He tratado de guiarlo, de que haga lo mejor, para que cogiera el buen camino. Yo me fui con él para Francia desde su primer contrato. En este no estoy debido a la pandemia, porque las embajadas acá están cerradas y no dan visas; si no, estuviera con él.

Desde aquí le aconsejo que se cuide de la COVID. Deportivamente, que se entregue y sacrifique diariamente; que no se conforme y busque un objetivo más adelante. Le digo que todavía es el hijo de Gricel, que cuando sea olímpico, cuando gane competencias, entonces puede decir que empieza a ser grande. Le falta mucho por aprender.    

Son constantes mis palabras para que no pierda la humildad, la modestia y que disfrute cada instante de juego. Marlon mide 2 metros y 5 cm, pero lo veo como mi niño. En el equipo nacional es el menor de edad, pero le hablo fuerte, a veces. Le digo que tiene que ser hombre siempre en su comportamiento. Es muy controvertido, parece arrogante, pero no lo es. No habla mucho, aunque con sus amigos sí. Es alegre y se recupera de los desaires y eso me gusta.

Estoy en tiempo de descuento: voy para mis 50, pero si mi hijo se lo propone, tendrá un futuro promisorio si pone todo su empeño, no solo en el exterior, sino con el equipo nacional. Siempre estaré a su lado para acompañarlo en sus victorias y derrotas. Quiero aclarar que no voy a ser la abuela que cuida a los nietos. Dejé de entrenar para cuidarlo a él, pero si me necesita donde sea, ahí estaré.  

Tengo mi casa en Villa Clara y la estoy acondicionando con mis comodidades para mi vejez, porque sé que no es lo mismo una persona mayor en el exterior que en Cuba. No estoy para causarle trabajos, ni quiero depender de nadie. Si me necesita en Alaska, allí estaré, aunque por ahora pienso que puede ir andando solo. Mi hijo hará su vida, su familia, pero yo retorno a mi base.   

¿Cómo ve el baloncesto cubano actual?

Atenta contra este las matrículas en las EIDE, pues si no hay masividad no se pueden escoger los talentos: es muy difícil. Tienen que dejar que los entrenadores tengan más autonomía, pues se pierde mucho tiempo en reuniones, en planificaciones de cosas que son mentiras. Uno planifica, por ejemplo, 40 horas de entrenamientos y finalmente tienes 12 en el terreno. Con eso, estas creando un volumen de mentiras.

Hay que tener mano dura con las muchachas. Respeto a todos, incluyendo a los entrenadores, pero veo un resquebrajamiento de la disciplina. No quiero enjuiciar a nadie, pero pienso que la disciplina debe fortalecerse. Se necesitan cambios, infraestructura, porque el Cerro Pelado está deprimente. Hace falta una logística y, sobre todo, se necesita muchas ganas de trabajar y salir adelante.      

La vida está difícil y los muchachos -a veces-, tienen mujeres, casa, hijos y necesidades. Hay que seguir desarrollándolos, tratar de que las mujeres se inserten en ligas extranjeras aunque no haya la calidad para ligas europeas, pero existen otras para que siga creciendo y que después den el máximo por Cuba.     

Les digo que no pierdan la fe en que el baloncesto cubano pueda florecer de nuevo. Creo que el masculino es el que tiene las mejores cartas y puede dar mejores frutos como selección nacional y espero que sigan las contrataciones para que se desarrollen muchachos jóvenes. Hay que ver qué pasa con las féminas, pero no se desilusionen.

Sigo el baloncesto y el voleibol y sé que estamos quedando bastante atrás. No tengo vivencias, aunque estuve en Francia con el voli la temporada del año pasado, pero no tuve contacto con el baloncesto. Son otras condiciones, a simple vista.   

He podido comparar y hay mucha diferencia con respecto a algunos países. En otros, ocurren cosas que no me gustan. Sé que aquí tenemos problemas y no se puede comparar una vida con la otra. Los primeros años me limitaba a entrenar, después hacíamos otras cosas y veía más; entonces, vas teniendo otra visión y el diapasón se abre.  

¿Ha sido atendida Gricel Herrera como gloria deportiva?

Soy de la opinión de que no me deben dar ninguna atención. Hubiera preferido que me hubiesen dado lo que como atleta me ganara, por ejemplo, jugar como profesional en otros países. En la provincia, la presidenta de atención a atletas es María Elena León y tengo las mejores relaciones con ella. Me llama y hablamos. Al final, lo material es muy difícil y todo está muy complicado, pero si te pasa algo están pendientes.

No soy muy adicta a entrevistas ni a la propaganda; no me gusta salir en público: soy un poco tímida en eso. Una vez vino Rodolfo García de la televisión e hizo algún programa, pero más nada. Lo vivido nadie me lo va a quitar, entonces, no me hace falta mucho que la gente lo conozca: eso sale por sí solo.   

¿Qué de negativo y positivo le dejó el baloncesto?

Lo único negativo era la pista, no me gustaba correr. Lo otro que me dejó tristeza, aunque tuvimos buenos resultados, fue la añoranza de una medalla olímpica y nunca la obtuvimos. Todavía recuerdo y me da nostalgia, aquel partido que perdimos frente a las chinas en Barcelona 92.

En el sentido positivo, extraño la convivencia con las compañeras; el compartir con ellas y reírnos de cualquier cosa: uno no lo valora en el momento, pero ahora me doy cuenta de que fueron años muy buenos, pues creé amistades duraderas y sinceras. Me llevo con todas: nos escribimos, nos llamamos y estamos al tanto.

La madrina de mi hijo es Deisy Gloria García, atleta del equipo nacional que estuvo años conmigo y somos como hermanas. Saqué muy buenas relaciones y aprendí mucho en el Cerro Pelado con el gallego, Manuel Pérez, mi primer entrenador del seleccionado nacional. Me educó, me enseñó y me creó conceptos que aún aplico en la vida y me han dado muchos resultados.   

El deporte me dio buenas cosas en general. También, enseñanzas, el carácter y el ímpetu de seguir adelante, de no cansarme. Agradezco cuando tuve la operación de fibroma porque a lo mejor no hubiera tenido a mi hijo: lo normal es que realicen una histerectomía. Los panamericanos de Winnipeg del 99 fueron buenos. Habíamos clasificado para los Juegos Olímpicos y tuve las mejores condiciones, los mejores médicos. Me operaron y pude tener a mi hijo: eso se lo debo al deporte.

Donde nací, en Esperanza, un pueblecito chiquito de Villa Clara, todo el mundo me dice la olímpica porque la única que había ido a una olimpiada era yo. Después fue Mercedes Santana, la softbolista, a Sídney, pero yo había ido ya a dos anteriores. Por acá me dicen la tiradora de tres, eso es bonito.  

¿Qué le falto por hacer y que bendice de la actualidad?

Muchas cosas me faltaron por hacer, por ejemplo, viajar. Viajé bastante con el equipo nacional, pero no como ahora, como lo he podido hacer con Marlon. Hubiese querido darle una hermana a Marlon, tener otra hija, una hembra. Me hubiese gustado dirigir una selección nacional para probarme. No me quejo de mi pasado, pues saco experiencias de mis reveses.

Lo que tuve entre pecho y espalda se lo he dicho a quien se lo tenía que decir. El Gallego, mi primer entrenador del equipo nacional, me decía que hay que vivir sin careta y eso lo aprendí muy bien. Cuando uno tiene su verdad o su razón, se la quita [la careta] y ya me la he quitado muchas veces. Le he dicho a cada cual en su momento las cosas.     

Me queda la satisfacción de haber sido basquetbolista y haber llegado al más alto nivel en Cuba y con el conjunto nacional; de estar entre los cuatro grandes en unos Juegos Olímpicos; de haber compartido terreno con Leonor Borrell, la más grande del básquet cubano y disfrutar de los éxitos deportivos de mi hijo.  

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